CELDILLAS

21 de agosto de 2014

Carlos del Castillo y Virginia Uzal
Periodistas miembros de la Comunidad editorial del 4º Poder en Red
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Controlar la información es siempre uno de los principales objetivos de los estrategas de guerra. Manejar qué ataques salen a la luz y cuales no pasarán de los informes. Desde 1967, Israel ha necesitado legitimar sus acciones bélicas en Palestina y contra sus vecinos, pasando por encima de resoluciones de la ONU, condenas de millones de personas… y cada vez más países.

La realidad de las últimas semanas en Gaza no es la que nos han contado las principales portadas. La realidad se ha contado en la web, en las redes.

La estrategia de propaganda israelí tiene una serie de líneas clave que el establishment mediático (y los grandes grupos de comunicación españoles no son una excepción) se ha encargado de sostener ante la opinión pública de todo el mundo.

Una de las principales estrategias que utiliza Israel en la justificación de su ofensiva contra el pueblo palestino, que se refleja fielmente en los medios encargados de sostener el teatro bélico, es equiparar las fuerzas de ambos bandos. El conflicto se convierte en “una guerra”, y como tal, existen ataques y bajas en ambos bandos por igual.

El País, 9 de julio

La operación Margen Protector, que comenzó el 8 de julio, ha dejado 2.016 palestinos muertos y 10.193 heridos, según las últimas cifras. En el bando israelí han muerto 64 soldados y un civil.

Otra de las líneas maestras de la propaganda israelí y una de las más repetidas por su principal aliado, el Gobierno estadounidense, es la de transmitir la sensación de que el Estado de Israel está en permanente peligro.

La Vanguardia, 9 de julio

La propaganda, que algunos medios se encargan de retransmitir a la sociedad, dibuja un estado de sitio constante para los ciudadanos israelíes, víctimas del “fanatismo religioso” de sus vecinos árabes.

La Razón, 9 de julio

Las portadas de La Vanguardia y La Razónrecogidas por Íñigo Sáenz de Ugarte en su blog Guerra Eterna, ayudan a transmitir esta clave propagandística. La realidad es que los 3.500 cohetes que Hamas ha lanzado sobre territorio israelí han causado la muerte de un civil, un beduino y un trabajador extranjero.
La intoxicación informativa y la propaganda de guerra han sido inseparables desde que el Maine se hundió en el puerto de La Habana en 1898. Sin embargo, la sociedad cuenta por primera vez con una eficaz herramienta para controlar a los medios de comunicación. Aquellos a los que la teoría clásica encuadra como el poder vigilante, son ahora vigilados.

elpais

La Red ha respondido a la manipulación informativa denunciando su toxicidad. La simple adulteración de los hechos gracias al monopolio de la información ya no es posible en un mundo ultraconectado, donde una niña de 16 años puede convertirse en corresponsal del drama que estaba viviendo la población de Gaza.

farah

Sabemos que los medios no son libres ni pueden hacer frente a las presiones. La televisión pública española sacó a Yolanda Álvarez, corresponsal de TVE, de Gaza tras las presiones israelíes. La propia embajada en España la acusó de hacer “propaganda”, de ser una “activista de Hamás” e incluso de crear  escenas “resultado de un cásting y selección de escenarios al dictado de Hamás” para sus “crónicas dramatizadas”. ¿Qué pasaría si no llegase a las redes? Por suerte sí lo hizo y mientras TVE callaba, la periodista multiplicaba por 3 sus seguidores en Twitter en apenas 2 días y sus crónicas aumentaron en visitas.

La reacción israelí no es de extrañar, puesto que la esfera mediática del país acostumbra a atacar cualquier actitud empática para con los palestinos, a los que ha “deshumanizado”. Así lo explica el periodista Gideon Levy, uno de los pocos periodistas israelíes críticos con la ocupación. Y precisamente por ello, está amenazado de muerte. “La prensa, la radio, la TV y las redes sociales están en un modo militarista. Y hay muy poca tolerancia a la protesta, a la oposición o a la resistencia”, afirma.

Ante la manipulación de los medios, queda la opción de los periodistas independientes. Sin las ataduras ni las presiones del establishment.  Isabel PérezAlberto SiciliaJuan Gómez o Ana Garralda podrían ser algunos de los nombres de aquellos periodistas que informan libremente a costa de arriesgar su vida al adentrarse en el fuego cruzado.

Sin embargo, el compromiso online ha traspasado las ciberfronteras y ha llegado a la calle. Por una parte, la Red no sólo se ha comprometido con la libertad de la información, sino que también se ha organizado para enviar ayuda.
medicinas

Por otra, las protestas y condenas por los ataques han pasado de las redes sociales a las plazas de medio mundo. Casi semanalmente miles de ciudades han gritado por todos y todas las que tenían mordaza.
Una vez más, Internet nos ha enseñado que mientras siga siendo libre, intoxicar la información seguirá siendo inútil. La sociedad civil tendrá la opción de comparar, descubrir y conocer al alcance de un click. El establishment no lo tendrá tan fácil. Estamos ante el verdadero cuarto poder en red.

11 de agosto de 2014

Antonio Lafuente
Investigador del Instituto de Historia (CSIC) en el área de estudios de la ciencia




Todo el mundo quiere un Lab. Los hay para todas las culturas y de todos los colores. Laboratorios científicos, industriales, de diseño o ciudadanos. Y junto a ellos todos los imaginarios que quieren hacer de la ciudad, la empresa o el aula un laboratorio vivo. Así las cosas, no es extraño que muchos vean en Bruno Latour a un profeta:  «Dadme un laboratorio —afirmaba en 1983— y moveré el mundo». ¿De verdad vamos a meter todos los problemas del mundo en un laboratorio? ¿Se pueden pensar todas las experiencias con las mimbres de la cultura experimental? El consenso que evocamos tiene que venir de algún sitio y servir alguna causa. Tanto consenso es aburrido y quizás peligroso.

¿Cómo se autoperciben los beatos del lab? La cháchara que parlotean es la de la cultura experimental, una especie de nueva tierra prometida. Lo experimental parecería ser, como ya lo fue lo abierto y más recientemente lo transparente, el nuevo imperativo que modula nuestros imaginarios políticos. Constituirse como un laboratorio doméstico, sin embargo, no va a librarnos de los muchos males que quiso anticipar Mary Shilley, o contra los que se movilizaron algunos de los integrantes de ese gran laboratorio industrial conocido como proyecto Manhattan.

En ambos casos fue evocada la pregunta sobre quién, cómo y dónde controlar el enorme poder que podían acumular los detentadores del laboratorio. Innovar, descubrir o experimentar, tomadas como acciones que suceden al margen de la sociedad que las alberga, no dejan de ser prácticas misteriosas (por inaccesibles y cerradas), cuyos actores no siempre está claro para quién trabajan ni al servicio de que propósitos.
La lectura de Latour, además, deja claro que la figura histórica del laboratorio nace para suprimir por completo las fronteras entre el dentro y el fuera. La condición para que un laboratorio sea operativo es que sus miembros nunca salgan fuera, lo que significa que deben asumir el reto de hacer que el exterior sea abducido en su totalidad o, en otras palabras, que deben crear las condiciones necesarias para que sus prácticas sean tan intrusivas como exclusivas, tan objetivas como desarraigadas, tan abstractas como replicables. La profecía también podría haberse escrito de otra forma: dadme un laboratorio y ya nada será igual.

La cultura experimental, sin embargo, no cabe en el laboratorio. Lo desborda. Por  eso la emergencia de nuevos espacios de sociabilidad menos severos, donde el rigor no espante la vida.  De todos esos espacios, ninguno es más antiguo que la cocina. Ninguno tampoco más frustrante, si queremos verlo, como la antigua fábrica de cautivas y la nueva factoría de feminidades. La cocina tiene muchas identidades: dispositivo de alimentar, corazón del hogar, prisión doméstica, espacio de sociabilidad y, desde luego,  laboratorio casero. La kitchen es un espacio plagado de máquinas y artefactos altamente tecnológicos. También es un espacio para hacer pruebas, innovar procedimientos, contrastar recetas y, en consecuencia, puede ser visto como un lugar donde desplegar modos de sociabilidad experimental y abierta. También es un espacio donde se despliegan formas particulares de vida en común que, en términos generales, habría que describir como menos discursivas que prácticas y más compartidas que reservadas. La cocina es un lugar de encuentro informal, esporádico y hospitalario. La cocina es el espacio amateur por antonomasia y, sin duda, un complemento del imprescindible garaje, ese donde nació el rock y brotó la cultura del Silicon Valley.

Aunque hay muchas máquinas accesibles y sofisticadas, sería exagerado ver la cocina como un ámbito dominado por la tecnología, porque sus usuarios se creen con el derecho de cambiar las reglas, las recetas, los tempos y las tradiciones. La cocina es un espacio hacker donde todo está al servicio del usuario y ningún diseño parece lo bastante inflexible como para no adaptarse a las demandas emergentes.

Cuando hablamos de usabilidad de las tecnologías deberíamos pensar en las cocinas. Aquí se disuelven las fronteras de género, raza, edad o clase: la cocina parece al alcance de todos y no es probable que acabe siendo otro espacio dominado por los expertos. Esa nueva religión para gourmet que llamamos gastronomía cada día se aleja más del mundo de la cocina y se acerca más al de las industrias culturales, siempre dominadas por las modas, los tenores, los exquisitos y, cómo no, la excelencia.

¿Es la cocina un antecedente de la gastronomía? Creo que no. Los grandes cocineros quieren la admiración de las amas de casa y de los maestros del perol, pero nunca lo conseguirán si cada día se alejan un poco más del anhelo principal que mueve la olla doméstica: dar de comer a la gente que quieres está en las antípodas de quien da de comer a quien lo puede pagar. La Glamcook es otra impostura neoliberal.

Si tuviera razón B. Latour y el mundo de la ciencia tuviera que discriminar entre los asuntos cuantificables, objetivos y probados, de una parte, mientras que, complementaria o alternativamente, estuviese obligado a discernir las cuestiones relacionadas con los intereses, las pasiones y los conflictos, entonces la kitchen sería el laboratorio de las matters of concern y no el de las matters of facts. Al lab vamos para establecer leyes, conceptos o pruebas basadas en evidencias, los llamados hechos, mientras que a la kitchen nadie entra buscando establecer principios, normas o demostraciones.

La kitchen es el espacio donde intentar hacer cosas que favorezcan una vida compartida. Nadie en la cocina intenta asegurarse de que tiene razón o de que sus argumentos son incontestables, sino que más bien trata de experimentar con las posibilidades de una convivencia armoniosa. En la cocina poco importan las leyes del sabor o las reglas del color, la textura o el olfato. Si tenemos un comensal que no tolera o no aprecia algún ingrediente, pues se suprime. Lo que mueve a sus pobladores es ensanchar el mundo de la sociabilidad. Lo ordinario en la cocina es lo común en la vida. En el laboratorio, lo normal es lo infrecuente, lo inusual o lo excepcional.

Una comida, incluso la que es excepcional por sus ingredientes, procedimientos o comensales, es buena si nos hace felices mientras la compartimos. Los proyectos de laboratorio confinan con la verdad, mientras que los de la cocina limitan con la bondad. Cuando todo funciona en una cocina, los comensales están menos preocupados por la replicabilidad de las recetas que por la cordialidad de las atmósferas. Los porcentajes de proteínas y los niveles de azúcar o grasas pasan a segundo plano. Los elementos cuantificables son desplazados por los ingredientes inmateriales. La cultura es una gran conversación que se hace vibrante alrededor de una mesa de comensales (que no de plutócratas, siempre adictos al gesto gastronómico).

Hoy que cada río, cada enfermedad y cada dispositivo tiene una asociación para defenderlo, hoy que todos las matters of fact se han convertido en matters of concern, hoy cuando ya el laboratorio está desbordado, privatizado y vigilado, necesitamos buenas cocineras, menos bancos de pruebas y más tablas corridas, menos virtuosos del experimento y más trabajadores de la prueba. Los problemas son agudos y no hay que prepararse para una demostración sino para una negociación.

Contamos con muchos estudios que argumentan que el origen de la ciencia moderna está en la cocina y en la cultura experimental. La noción de laboratorio es más reciente y quienes han documentado su emergencia la datan en la segunda mitad del siglo XIX. Es decir que el locus de la ciencia no es el laboratorio hasta fechas más recientes de lo que imaginamos.Sabemos que los laboratorios estaban en casa y que había mujeres en el ecosistema de la cultura experimental. Y sí, no aparecen en los relatos. Han sido sacadas de la escena. El espacio no ha sido descrito sino prescrito.

Pero hay más, no solo salieron de la escena algunos personajes, sino que el propio espacio ha sido estigmatizado como un lugar culturalmente plebeyo, socialmente marginal, políticamente invisible y cognitivamente irrelevante. Ahora que todo el mundo quiere un lab y que pocas cosas son más cool que cocinar, en un momento donde algunas cocinas son laboratorios, quizás sea el momento de hacer el movimiento inverso y reclamar para la cultura experimental sus orígenes en la kitchen.

Una deriva que nos invita a cuestionar la figura del líder, la cultura del impacto, la función autorial y el culto a los hechos. Cocinar problemas seguirá siendo una práctica experimental, colaborativa, mediada, finalista y pública, pero además debiera ser hospitalaria, transparente y abierta (en beta), más atenta al paladar de los comensales que al halago de los pares, más conectada con los recursos vecinales que con las metafísicas globales, tan sensible a los saberes profanos como a las recetas expertas y, por fin, comprometida con un lema fácil de recordar: hacer (el) bien.


(Artículo publicado en la revista Yorokobu del mes de junio de 2014).

7 de agosto de 2014

Lucía M. Quiroga
Miembro de Juventud sin Futuro 
La militancia política requiere tiempo y esfuerzo. Construir de manera común, con grupos amplios de gente, hace necesaria una buena organización del trabajo. Por suerte, existen una serie de herramientas online que pueden facilitar –y mucho– los procesos de creación colectiva. Webs, redes sociales, plataformas y aplicaciones que cualquier militante debería tener en cuenta si quiere sacar el mayor provecho posible a sus horas de trabajo.
Tan imprescindibles se han hecho que a día de hoy resulta complicado imaginarse sacando adelante cualquier tema sin utilizarlas. ¿Cómo se convocaban las manifestaciones sin redes sociales o Whatsapp? ¿Cómo daba a conocer su trabajo un colectivo sin página web? ¿Se puede sacar un comunicado común sin antes volcarlo a un pad?
Son tantas y tan variadas que sería casi imposible hacer un recuento exhaustivo, pero ahí van algunas de las más habituales. Solamente se han incluido las gratuitas, aunque a veces cuentan con una versión ‘pro’ que suele ser de pago. Pero antes de empezar la enumeración, un recuerdo a lo analógico: el activismo estaría incompleto si solo se queda en lo virtual. La  lucha está también –y sobre todo– en las calles, en las plazas, en los barrios.

1. Titanpad: 
Es una herramienta online para la creación de documentos colaborativos:https://titanpad.com. Con un simple click, alguien crea una página en blanco que puede ser modificada por varias personas simultáneamente, con el único requisito de estar conectadas a Internet. Cuenta con un chat donde se pueden ir comentando los cambios, y ofrece también la posibilidad de exportar los textos, una vez terminados, en diferentes formatos (PDF, Word, OpenDocument…).
Todo comunicado o articulo que vaya a salir de una organizacion pasa probablemente, por no decir obligatoriamente, por su correspondiente pad. Se corre el riesgo, eso sí, de entrar en la denominada “paditis”: abrir pads para todo y creerse que el trabajo se va a hacer solo. Este mismo artículo, sin ir más lejos, ha pasado su tiempo correspondiente de elaboración y revisiones en su propio pad.
2. La familia Google:
Retomando la pregunta del principio, ¿cómo se conseguía organizar el trabajo común sin Gmail, Google GroupsGoogle Calendar o Doodle? No cabe ninguna duda de que la familia de herramientas de Google es un básico a la hora de organizarse. Empecemos por el último, el archipoderoso Doodle, que ha dado lugar al nacimiento de la “Doodlecracia”: lo que diga el Doodle va a misa. Se trata de una herramienta online para la programación de eventos, que permite a un grupo grande de personas ponerse de acuerdo en una fecha determinada. ¿Cómo? Pues tan facil como a través de una simple votación. Se proponen una serie de fechas y cada persona va marcando la casilla “sí” o “no” en función de su disponibilidad. La herramienta genera automáticamente un cálculo de votos totales, y la fecha más votada es la ganadora. En la misma línea de sencillez y eficacia van el ya más que habitual Gmail, el gestor de correo electrónico; su evolución Google Groups, que permite comunicarse simultáneamente con diferentes personas, bien a través de un foro o de listas de correo; y el Google Calendar, un calendario sencillo que ofrece la posibilidad de actualizarse en diferentes dispositivos (web, móvil, ordenador…).
3. Whatsapp y Telegram
Mensajería instantánea al servicio de cualquiera que cuente con un smartphone. Whatsapp fue primero, pero Telegram llegó después con la ventaja de ofrecer más privacidad, ya que cuenta con un sistema de cifrado de mensajes. Cualquier colectivo social o político cuenta con su propio grupo de Whatsapp o Telegram, sin falta. Ahí se comentan las novedades que afectan al grupo, la organización del trabajo o las quedadas para acudir a eventos –la mayor parte de ellos reivindicativos, pero también algunos lúdico-festivos, que no todo va a ser trabajar–. Existen también otras apps alternativas, como Line o Hangouts, pero cuyo uso no está tan extendido como las dos anteriores.
4. Redes sociales 
Entramos ya de lleno en el ámbito de las redes sociales, terreno más que explorado por los movimientos sociales –valga la redundancia–. Es el ámbito natural para cualquier tipo de activismo, ya que gracias a su viralidad permiten hacer llegar mensajes a un gran número de personas en todo el mundo. Las más habituales son Facebook y Twitter. También es cada vez más usada Instagram, donde la imagen reivindicativa empieza a ganar espacio. Y por supuesto, aunque para algunos no se ajusten a la definición estricta de red social, Youtube y Vimeo, dos plataformas para la difusión de contenido audiovisual. La primera es más masiva, la segunda permite mayor calidad.


5. Gestión de redes sociales
Directamente relacionado con el punto 4 llega el punto 5 de la lista. Porque, si a día de hoy es necesario estar en redes sociales, más importante todavía es mantenerlas y gestionarlas. No basta con abrir perfiles en las principales plataformas, porque, igual que pasa con los pads, el trabajo no se hace solo. Hay que crear contenido, saber cuándo y cómo publicarlo, crear conexiones con la comunidad de seguidores y medir los resultados de la actividad. Para eso existen gestores que facilitan la organización de las publicaciones, como Hootsuite oTweetdeck. Ambos están más orientados a la gestión de Twitter, ya que Facebook permite hacerlo desde la propia web. También existen otras herramientas dedicadas a la medición de la actividad en redes y el ROI (retorno de la inversión). Algunas de las más conocidas son GephiWildfire o Facebook Insights.
Llegados a este punto, ¿alguien se imagina cómo se organizan las principales campañas de redes sociales de los colectivos? Pues nada menos que volviendo al punto 1: con un pad.

Hasta aquí el medio listado de herramientas básicas para la militancia. En la segunda parte del artículo se enumerarán otras igual de útiles, pero más específicas. Para quien se haya quedado con ganas, la 15mpedia –otro invento imprescindible para el activismo– recoge las principales herramientas colaborativas en esta entrada:http://wiki.15m.cc/wiki/Herramientas_colaborativas.



31 de julio de 2014

Javier de la Cueva
Abogado, experto en propiedad intelectual, profesor en el Máster CCCD

Nos cuenta Adrian Johns, en su formidable obra «Piracy. The Intellectual Property Wars from Gutenberg to Gates», que el término pirata se utiliza desde el siglo XVII para fenómenos ajenos al mar. Y si entonces comenzó a aplicarse a fenómenos literarios, hoy en día ya pocas cosas escapan a la posibilidad de ser piratas: hay taxis, medicamentos, ropa, artículos electrónicos, de lujo y complementos piratas. Todo lo que es una imitación es pirata e incluso hay mantras sobre países piratas: ¿cuántas veces hemos escuchado acríticamente que España es uno de los países donde más se piratea? Y decimos acríticamente porque con 1.300 millones de chinos y 1.200 millones de hindúes, nos suena extraño que logremos tal título con sólo 47 millones de habitantes. En fin, quizás este mantra tantas veces repetido bobaliconamente por los medios de comunicación tenga algo que ver con los accionariados comunes en el capital de las editoras de medios y de la industria del entretenimiento y se deba a esos amigos perversos para la verdad señalados por el filósofo del derecho italiano Ferrajoli: dinero para hacer política e información, información para hacer dinero y política, política para hacer dinero e información.
Pero, ¿quiénes nos llaman piratas? Ya Cicerón, citado por Agustín de Hipona, señalaba el diálogo entre Alejandro y un pirata al que había apresado: Mas porque yo ejecuto mis piraterías con un pequeño bajel me llaman ladrón, y a ti, porque las haces con formidables ejércitos, te llaman rey. No han cambiado mucho las cosas desde entonces ya que quizás la persona que nos ha llamado piratas con mayor vehemencia fue Teddy Bautista, antiguo emperador de la SGAE y hoy sujeto a causa criminal por apropiación indebida del dinero de los autores, esos con cuya defensa se le llenaba la boca y en nombre de los cuales profería insultos a los usuarios de ordenadores. Nada mejor que llamar piratas a los demás para acallar los propios defectos: reprochar moralmente a los demás para justificarse a sí mismo siempre ha sido táctica de bandoleros.
¿Existe lo pirata per se? La piratería no es más que una infracción legal y como tal puede suponer la transformación de un objeto legal en pirata de la noche a la mañana. Así ocurrió en Potes (Cantabria) cuando entró en vigor la ley que prohibía la fabricación y distribución de orujo casero. A partir de ese momento comenzaron a producirse encuentros furtivos en la calle Cántabra, la de los bares, donde en lugar de traficarse con costo, se traficaba con orujo casero pirata. Incluso cuentan que un pequeño ganadero, agradecido con el comportamiento favorable de un inspector de trabajo, le quiso obsequiar con una botella de orujo casero. Lo que no se comenta es si el inspector la aceptó. Igual ocurre con la propiedad intelectual: toda nueva tecnología ha sido tildada de pirata hasta que finalmente los usos han quedado santificados. Así sucedió con la radio, el cine, la televisión, el vídeo, la fotocopiadora y el célebre «Home Taping is Killing Music» que se decía de esasmusicassettes que iban a matar la música.
Quienes nos llaman piratas esconden su condición de corsarios. Si tienen ustedes la paciencia de mirar las memorias anuales de las entidades de gestión de la propiedad intelectual (SGAE, CEDRO y cía.) y suman los importes del canon por copia privada que cobraron estas organizaciones sólo en los ejercicios 2009, 2010 y 2011, resulta un total de 224.043.127 euros. Los que hayan seguido el caso del canon digital sabrán que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea declaró en sentencia de 21 de octubre de 2010 que este cobro era ilegal. Los que además lean el Boletín Oficial del Estado sabrán que el Real Decreto 1657/2012, de 7 de diciembre, ordenó que estas cantidades no se devolvieran.
Así que la próxima vez que le llamen pirata recuerde que los corsarios y los piratas sólo tenían una diferencia entre sí: mientras unos poseían formidables ejércitos, los otros operaban con sólo un bajel.
(Artículo publicado en la revista Yorokobu del mes de julio de 2014).

29 de julio de 2014

Daniel Martín
Miembro de la comunidad editorial del 4º Poder en Red



“La ciudadanía lleva consigo la obligación de primero supervisar al Gobierno […] Si quieres ayudar, súmate a la comunidad de código abierto y lucha por mantener vivo el espíritu de la prensa y la libertad en internet. He estado en los rincones más oscuros del Gobierno, y lo que ellos temen es la luz”. - Edward Snowden
Edward Snowden, el hombre tras las filtraciones del espionaje masivo de la NSA, sabía desde el primer momento que con sus revelaciones iba a poner en riesgo su libertad y se ha enfrentado a ello con una determinación y un tesón muy poco comunes. En un primer comunicado enviado a los periodistas que le sirvieron de soporte para la filtración declaraba: “Sé muy bien que pagaré por mis acciones y que hacer pública esta información supondrá mi final”
¿Qué lleva a un joven de 29 años que comparte con su novia una vida tranquila en el paraíso tropical de Hawai a arriesgarlo todo en nombre de la libertad en Red? Detrás de las revelaciones sobre las actividades de la NSA hay una persona con un gran sentido del deber que antepone el derecho a saber de la comunidad a su propia libertad.

Sus influencias
Indagando en el pasado de Snowden, en sus actos y en sus declaraciones, pueden vislumbrarse dos pilares básicos que parecen haber motivado su decisión: el sentido del servicio público y la devoción por el potencial liberador de internet.
El sentido del servicio público de Snowden se forjó durante su infancia. Estaba presente en su familia, ya que sus padres eran empleados del Gobierno federal. Su madre trabajaba en un juzgado de Baltimore mientras que su padre fue guardacostas durante más de 30 años. Snowden siempre consideró que trabajar para el Gobierno era algo noble.
En cuanto a la Red, como para muchos otros jóvenes de su generación, para él internet ya no era una herramienta con la que llevar a cabo tareas concretas, era un mundo en sí mismo. Un lugar que ofrecía potencial para experimentar el crecimiento intelectual y el conocimiento personal, un reducto de libertad que debía ser preservado a toda costa. Durante su primer encuentro con Glenn Greenwald en Hong Kong, Snowden señaló estar preocupado por el hecho de que su generación “fuese la última en disfrutar de esa libertad”, a lo que añadió “no quiero vivir en un mundo sin privacidad ni libertad, donde se suprima el extraordinario valor de internet”.
Era tal el interés de Snowden por la Red que no llegó a terminar la educación secundaria debido a que prefería invertir su tiempo en navegar por internet y leer escritos sobre mitología griega a ocuparse de los contenidos impartidos en el instituto. Los videojuegos también fueron una influencia de peso para él. Según explica él mismo, le atraían por sus historias, tramas en las que “el protagonista esuna persona corriente que se ve frente a graves injusticias causadas por poderosas fuerzas y tiene la opción de huir asustado o luchar por sus creencias”.

Dentro del sistema
En 2004, a los 20 años, Snowden se alistó en el ejército para luchar en la guerra de Irak, en lo que él consideró un esfuerzo noble para liberar al pueblo iraquí de la opresión. Sin embargo, a las pocas semanas de instrucción en el ejército perdió las ganas de participar. Se percató de que sus instructores estaban más preocupados por enseñarles a aplastar árabes que de luchar por la libertad. Finalmente, Snowden se rompió las dos piernas en un accidente y se libró de todos sus compromisos adquiridos con el ejército antes de haber tenido que entrar en combate.
A pesar de su desafección con el ejército, seguía creyendo en su Gobierno y comenzó a trabajar para una agencia federal, donde tuvo una trayectoria meteórica a pesar de su falta de titulación. En tan solo dos años, pasó de guarda de seguridad a experto técnico. En 2007 consiguió un puesto en Suiza para trabajar con sistemas informáticos. Allí comenzó a tener acceso a información secreta de mayor calibre: “empecé a comprender que lo que mi Gobierno le hace al mundo es muy diferente de lo que siempre me habían contado”.
Snowden intentó hablar con sus superiores para detener los abusos que se estaban cometiendo, pero solo recibió respuestas negativas, aumentando su frustración. En 2009 empezó a valorar la opción de filtrar secretos que revelaban delitos graves, pero la elección de Barack Obama, que accedió al cargo prometiendo acabar con los abusos, retrasó esta decisión.
Al contrario de lo que afirman sus detractores, a Snowden le preocupaba la posibilidad de que, dada la naturaleza de las actividades de la CIA, las filtraciones pudieran poner en peligro la seguridad de alguien. Por ello decidió volver a la NSA, donde las filtraciones solo tratarían sobre sistemas abusivos sin afectar a nadie en particular. Así pues, en 2010 pidió el traslado a Japón, a la Dell Corporation, donde se le concedió un alto nivel de acceso a secretos de vigilancia. “Las cosas que vi empezaron a perturbarme de veras. Podía observar drones en tiempo real mientras vigilaban a gente a la que quizá matarían”. Allí empezaría a recabar la información que tres años más tarde acabaría filtrando. En 2013 pedirá otro traslado, esta vez a Hawai, bajo el mando de la empresa contratista de defensa Booz Allen Hamilton para poder completar una serie final de archivos.
Una vez tuvo toda la información recabada, decidió publicarla lo antes posible. De haberse tomado algo más de tiempo, Snowden podría haber eliminado todas las huellas digitales de sus extracciones librándose de las posibles consecuencias, algo que descartó ya que sentía que no debía esconderse: “quienquiera que haga algo tan importante tiene la obligación de explicar por qué lo ha hecho y qué espera conseguir”

Un verdadero servicio público
Finalmente, el analista de datos hizo públicas las informaciones extraídas en su puesto de trabajo. Edward Snowden pasó por el ejército y las agencias de la inteligencia para servir a su país y salió horrorizado por lo que vio. Sin embargo, con sus revelaciones, acabó prestando un gran servicio a la humanidad, protegiendo el derecho a la información bajo el elevado coste del exilio.
Ante aquellos que le consideran un traidor, Snowden justifica sus actos evocando el espíritu de los padres fundadores de EEUU: “Son palabras de la historia: no hablemos más de la fe del hombre y atémoslo con las cadenas de la criptografía para que no haga travesuras.” Una clara referencia a Thomas Jefferson, que pedía, en cuestiones de poder, “atar al hombre con las cadenas de la Constitución”.

18 de julio de 2014



Carlos del Castillo
Periodista miembro de la comunidad editorial del 4º Poder en Red

Chelsea Manning, Julian Assange y Edward Snowden ya no ocupan portadas. La actualidad informativa los encumbró, degradó y escupió.


La primera se encuentra en una cárcel masculina en Fort Leavenworth, Kansas, cumpliendo una condena de 35 años por revelar secretos de Estado.


El segundo ha cumplido ya dos años encerrado en la embajada de Ecuador en Londres, que el Reino Unido mantiene bajo sitio policial. Según informa el portal Govwaste.co.uk, que actualiza el gasto del gobierno británico en vigilar la Embajada al minuto, el monto gastado hasta el momento se aproxima a los siete millones de libras esterlinas.


El tercero volverá pronto a los informativos. El hombre que enseñó al mundo cómo sus derechos fundamentales estaban siendo violados sistemáticamente en Internet, está a punto de renovar su asilo en Rusia por otros doce meses. Snowden es, de momento, el más afortunado entre los whistleblowers que han osado desafiar el imperialismo tecnológico de EEUU y sus lacayos, ya que, aunque controlado muy de cerca por el servicio secreto ruso, goza de cierta libertad e incluso tiene un empleo.


Moscú no lo acogió para demostrar un compromiso con las libertades fundamentales, o con la neutralidad de la red en particular. Para Rusia, el exanalista de la NSA es simplemente una forma de desafiar a EEUU en uno de los terrenos que el grupo de los Brics considera fundamental para lograr una distribución multipolar del poder mundial: Internet.




No es casualidad que fuera otro miembro de los Brics el que protestara con con más energía tras el escándalo de espionaje. Brasil, de la mano de su presidenta Dilma Rousseff, se convirtió en un faro para la neutralidad de la red al denunciar las prácticas estadounidenses ante la ONU y aprobar el Marco Civil de Internet meses después. Fue la primera legislación que reconoce la red como un bien común de la ciudadanía y que se compromete a defender su libertad y neutralidad.


Pese a estos flashes, Brasilia no ha hecho demasiado por acercarse a Snowden. Puede que Rousseff haya preferido aprovechar que la legislación rusa contempla un primer año de asilo, que puede ser renovado por otros doce meses, para dejar al estadounidense allí un tiempo más. Lo único que sabemos es que Brasil no ha terminado de convertirse en un adalid de la neutralidad de la red: su cumbre para lograr una reglamentación internacional para Internet fue considerada un fracaso y ha decidido pasar por alto la posibilidad de ofrecer un refugio perenne a Snowden.


Rousseff no es la única que ha preferido mirar para otro lado. Angela Merkel tampoco ha escuchado los llamamientos de Snowden. Alemania, el país que podría oponerse con más fuerza a EEUU en el continente europeo, no sólo no contempla darle asilo, sino que a pesar de los continuos desplantes estadounidenses, sigue intentando llegar a un acuerdo bilateral con Washington para escapar, individualmente, del espionaje.


Así las cosas, a Snowden solo le queda el puñado de países latinoamericanos que le ofrecieron asilo: Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela. Su problema en este caso es cómo llegar allí. EEUU no reconoce su soberanía e intentará boicotear el legítimo derecho de estos Estados de acogerlo, como demuestra el infame incidente con el avión presidencial de Evo Morales de hace un año.


Pese a que Manning, Assange y Snowden están cada vez más lejos de los focos, las situaciones que denunciaron están lejos de haber quedado atrás. Las leyes mordaza que intentan secuestrar el potencial democrático de Internet se repiten por todo el mundo, especialmente en Europa. Mientras, EEUU ha dado vía libre al Internet de dos velocidades, que puede derribar el principal pilar de la neutralidad de la red.

¿Necesitamos otro héroe que sacrifique su libertad para recordarnos que la mayor herramienta democrática de la que ha disfrutado la humanidad está en peligro?

15 de julio de 2014

A partir de ahora, iremos republicando aquí todo lo que vamos escribiendo en Público, en el blog El 4º Poder en Red, que actualiza el libro con el mismo nombre que he publicado recientemente.

Javier de Rivera
Profesor del Máster CCCD

La idea de “saber usar las redes sociales” se plantea como la respuesta individual (y por lo tanto limitada) a las consecuencias negativas que pueden tener las redes sociales. Cada vez más gente pasa demasiado tiempo conectada. A veces la experiencia es interesante y constructiva, pero otras resulta, simplemente, una pérdida de tiempo. Especialmente cuando nos distraemos en asuntos insustanciales o cuando entramos en discusión con gente que no conocemos y con la que compartimos pocos elementos  para entendernos.

En el estudio Desconectados de las redes sociales, los dos participantes se plantearon esta cuestión más o menos hacia la mitad del experimento. Habiendo descubierto efectos negativos en el uso de las redes sociales, gracias al periodo de desconexión, alguna forma tenía que haber de equilibrarlos y así poder aprovechar los positivos (estar conectado, informado, tener más opciones, etc.).
Entre los efectos negativos, la distracción era el más obvio. Pero el más interesante fue la pérdida de intensidad de las relaciones. Se dieron cuenta de que sus relaciones y contactos con los demás ganaron en intensidad durante el tiempo de desconexión. Tenían más tiempo y más atención para dedicar a la relación directa, y un encuentro en la calle parecía mucho más especial cuando no ves la carita (avatar) de esa persona todo el día en Facebook.






Además, esa práctica de compartir fotos como forma de comunicar a los demás quién eres tiene algo de inquietante. Las fotos nunca reflejan realmente lo que sucedió, sino que transmiten una imagen idealizada. Están bien como recuerdo, pero como forma de comunicación acaban restando interés a la experiencia real. Aunque esto no lo dijeran los participantes explícitamente.

Lo que sí describieron fue su idea de lo que es un buen uso de las redes sociales: aquello que tiene un interés informativo para los demás y un sentido práctico. Expresar las disposiciones de ánimo personales (“me duele el dedo del pie”) y buscar estrechar lazos de intimidad se convierte en una forma de escapismo de la sensación de soledad desde la que nos vemos obligados a buscar relacionarnos con los demás y, a veces, a mejorar la comprensión de uno mismo.

Conectar y expresarse en redes sociales es mucho más fácil que en persona. Pero recurrir demasiado a ello conlleva debilitar la experiencia de contacto, corriendo el riesgo de caer en el círculo vicioso de buscar aprobación como forma de conectar con los demás. Buscamos acopiar los famosos “me gusta” como una forma de mecanizar y deshumanizar el refuerzo positivo. Así nunca lograremos estar satisfechos en la conexión con los demás, por mucho que lo intentemos, quizás compulsivamente.
La comunicación digital, al ser una comunicación mediada por la producción de contenidos —fotos, textos, vídeos, etc.— funciona mejor cuando buscamos que dicho contenido tenga importancia por sí mismo. Esta relevancia puede ser artística o informativa, pero es diferente a la relevancia del contenido expresivo o emotivo que transmite información personal cuyo único interés es referirse a una persona en particular. Con los contenidos expresivos aspiramos a ser un “famoso en miniatura” (Rivera, 2010) y convertir el plato de la cena en una información de interés, al igual que los comentaristas de prensa rosa hacen noticia de los detalles de la vida de los famosos en los mass media.

O peor. La comunicación emotiva puede intentar buscar una aprobación y un apoyo que no se tiene en la vida real. Un querer que nos quieran en general y que nos consuelen en los malos momentos. Facebook sirve para esto, especialmente si somos jóvenes, guapas y populares. Pero no deja de ser un mal sustituto del contacto directo. En el fondo, la sensación de apoyo emocional puede ser una experiencia no-mediable. Es decir, hay algo no traducible a contenidos que se puedan transmitir online.

Saber usar las redes sociales quiere decir ser más pragmático y directo. Si se trata de instrumentos de “gestión de la información y contactos”, usémoslos como tales. Si por el contrario, los empleamos para “gestionar” y enriquecer nuestra vida social y personal, corremos el riesgo de extender la “lógica gerencial” (Gordo y Mejías, 2008) que caracteriza a estos sistemas al ámbito de lo personal. Es decir, de convertir al amigo en un recurso.

Los gestores de Facebook tratan de incentivar al máximo estos usos emocionales con el diseño capcioso de los “me gusta”, los recuerdos de cumpleaños y su publicidad sensiblera. Éste es el mejor modo de engancharnos a la Red para que perdamos el tiempo en actividades insustanciales, y nos convirtamos en buenos recursos de información (para mejorar el marketing) y de atención (para consumir anuncios).

Ser pragmático en el uso de las redes sociales quiere decir cortar la comunicación emotiva, o reducirla al máximo. Entrenarnos para no prestar atención a la comunicación emotiva de los que seguimos, y a no buscar apoyo emocional en las redes sociales. Si lo necesitamos, es mejor buscar un grupo especializado en el que nuestros problemas interesan. No porque sean “nuestros”, sino porque otros pasan por cosas parecidas. En los foros para superar el maltrato, los problemas de pareja, las adicciones, etc., no te apoyan por “ser quién eres”, sino por lo que compartes con ellos.
Las “redes” distribuidas, a diferencia de los grupos o foros, están formadas por nodos individuales que se conectan de forma independiente. De ahí, se crean “clusters” (agrupaciones) difusos de intereses comunes, pero no espacios de interacción cerrados. Sin embargo, es en estos espacios donde se pueden tratar mejor los temas personales (como en foros específicos), y en los que pueden también cultivarse relaciones en las que emerja un sentido de pertenencia y apoyo grupal (como en los grupos de amigos, de afinidad o en las familias, por ejemplo).

Saber usar las redes sociales quiere decir no confundirse a la hora de entender cómo funciona la comunicación mediada en redes distribuidas. Dar prioridad a los contenidos, buscarlos, producirlos y compartirlos en función de nuestros intereses o inquietudes, y no como forma de suplir una necesidad de contacto social. Así enriqueceremos la información que reciben nuestros contactos y no perderemos tiempo ni atención en la ilusión de que “estamos conectando” a nivel personal con la gente que nos sigue.

Al menos, ésas son mis conclusiones.

8 de julio de 2014



Memoria de un proceso creativo alrededor del hackeo alimentario, el arte y el humor.


En 2010, España era una potencia culinaria. Ferrán Adriá estaba en la cumbre de la cocina mundial. Los restaurantes eran mucho más que simples espacios de encuentro y ya no servía comida, sino emociones. Las cocinas se convirtieron en laboratorios. Del hambre de la guerra a la cocina molecular en sólo una generación, la sociedad y la industria españolas aplaudieron la creación de una alta gastronomía de valores incontestables.

En ese mismo momento, dos personas muy inquietas: Txomin Calvo y David Rodríguez, hicieron algo muy inusual: se colaron en un centro cultural dedicado a la tecnología con un montón de cazuelas, jeringuillas, y muchas ganas de probarlo todo. Crearon La Sociedad Gastronómica, el primer laboratorio de hackeo alimentario, y durante tres años estuvieron ensayando un peculiar modo de entender la alimentación: Cook it yourself!

Ésta es la historia de ese proceso creativo abierto y en el que participaron un montón de personas más.

- http://lasociedadgastronomica.wordpress.com
- http://foodlab.medialab-prado.es

La Sociedad Gastronómica
Inauguración, jueves 10 de julio 20:00
Expo del 10/07/2014 al 10/09/2014 en Espacio Trapezio
2º planta Mercado San Antón de Madrid - Metro Chueca.
Acceso libre

D.

2 de julio de 2014






Durante la proyección del documental "Edificio España", no pude dejar de pensar en la coincidencia entre la visión de ese ejercito de trabajadores encargados de vaciar la vieja mole franquista, con aquellos voluntarios que nos ayudaron a limpiar y poner en marcha el espacio que nos cedió el Ministerio de Cultura.

(Imagen superior documental "Edificio España". Imagen inferior: Trabajos de adecuación del CSA La Tabacalera de Embajadores)
D.


Ignorado por las instituciones, uno de los proyectos más interesantes de Madrid necesita tu apoyo: Makespace Madrid.

Colabora desde ya, en el Manual de supervivencia Maker:
D.

27 de junio de 2014

Dmytro Gnap, de  YanukovichLeaks: “el periodismo de investigación está convirtiéndose más que en un trabajo, en un deber de la sociedad.

Última frase de un excelente artículo, que sostiene las tesis del libro El Cuarto Poder en Red. Ahí va;

Si juntásemos en una misma sala al periodista encargado de las publicaciones de los cables filtrados por Wikileaks en el diario Le Monde, al cofundador de YanukovichLeaks, a una ex oficial del MI5 huida durante años por denunciar a la agencia de inteligencia británica, a los desarrolladores de Globaleaks –la primera plataforma en código abierto para el intercambio de información de forma anónima— y a un miembro del equipo legal de Edward Snowden, junto a decenas de periodistas especializados en investigación, expertos en seguridad informática, abogados, activistas y algún que otro ciudadano dispuesto a arriesgar su vida por hacer públicas las irregularidades de las que es testigo desde su puesto en una Administración Pública o una empresa privada; si los juntásemos a todos, puede que más de un Gobierno suspicaz se echase a temblar.

Así es que tan ilustre audiencia se reunió recientemente en la ciudad de Ámsterdam con motivo de la primera Conferencia Internacional de Whistleblowers (Internacional Whistleblowers Conference), donde quedó patente que el tradicional papel de los medios de comunicación como generador de noticias se desdibuja para fundirse en un nuevo modelo informativo que, en colaboración con ciudadanos anónimos, fluye entre el periodismo de investigación de toda la vida, las herramientas informáticas de última generación y las pantanosas aguas de la transparencia corporativa e institucional. Lo que no sabemos es si alguna agencia de inteligencia se molestó en mandar algún espía hasta la capital holandesa.

El estigma de denunciar a tu propio gobierno

Annie Machon toma el escenario de la sala principal del Pakhuis de Zwijger sin titubeos, con la seguridad de quien sabe que ha hecho algo bien. Recorre el mundo desde hace años impartiendo charlas y participando en debates sobre transparencia informativa, activismo ciudadano y defendiendo el indispensable papel que los whistleblowers tienen para la sociedad.

Un tema que conoce bien de cerca esta exoficial de inteligencia del MI5 británico que tuvo que abandonar su puesto de trabajo junto a su pareja de entonces, el agente secreto David Shayler, para ayudarle a denunciar presuntas actuaciones criminales dentro de la agencia de inteligencia del Reino Unido. Entre ellas Shayler había descubierto el pago por parte del MI6 a un agente involucrado en el intento de asesinato del líder libio Muammar Gaddafi.
Aquel mes de agosto de 1997, la pareja recibía la esperada llamada por parte de los periodistas del diario Daily Mail con los que llevaban meses trabajando: la exclusiva sería publicada en tres días. En apenas unas horas cogieron sus maletas y huyeron a la ciudad holandesa de Utrecht, a partir de entonces comenzó una huida que les llevó a vivir ocultos durante un año en distintas localidades europeas y otra temporada de exilio en París.

Tras ocho años de litigios, la ex MI5 disfruta ahora de lo que ella considera simplemente “ejercer mis derechos democráticos y libertad de expresión”. Atrás quedan las amenazas, arrestos y juicios –incluso a sus allegados, a los periodistas y a quienes les apoyaron—, años y años de aislamiento, sin poder trabajar, viviendo con el estigma de ser una traidora para algunos, una heroína para otros. “Acabas aprendiendo a vivir con ello”, confiesa.

Sin embargo, el perfil habitual de quien valientemente decide denunciar una irregularidad de la que es testigo en su entorno laboral o social está más alejado de los focos y las grandes audiencias a las que está ya habituada Machon. Normalmente el informador acaba convirtiéndose en la propia víctima de la historia; es culpabilizado mientras que aquellos que infringen las leyes no son ni tan siquiera cuestionados. “La realidad es que las autoridades persiguen a los informadores para disuadir a futuros informadores”, denuncia la ex MI5.

Esta desprotección jurídica conlleva inevitablemente un efecto persuasivo sobre aquellos testigos de malas conductas, posibilitando que éstas se perpetúen en el tiempo. Así, un débil sistema judicial no solo deja desamparados a los filtradores de información, sino que además les condena a la exclusión social, profesional y económica. Un riesgo que no todo el mundo está dispuesto a asumir.

España, a la cola europea en protección para los denunciantes

Pese a que a nivel internacional existe ya cierto consenso en torno a la figura del whistleblower, la inclusión de medidas legislativas en la Unión Europea para su protección, ha sido en las últimas dos décadas, lenta y desigual dependiendo del país comunitario en cuestión.

Según el informe de la ONG anticorrupción Transparency International “Whistleblowing in Europe: legal protections for whistleblowers in the EU” de 2013 tan solo Reino Unido, Luxemburgo, Romania y Eslovenia poseen una cobertura legislativa “avanzada” en cuanto a la protección de filtradores de información. En esta clasificación, España se encuentra entre los siete de los 27 estados miembros que no cuentan con ningún tipo de legislación o ésta es muy limitada. 

Mientras la PIDA (Public Interest Disclosure Act) británica protege a “prácticamente todos los empleados en el gobierno, el sector privado y ONGs”, e incluso contempla la posibilidad de que el denunciante reclame compensaciones económicas en caso de haber sido perjudicado económica o moralmente –un referente legislativo a nivel europeo y mundial— España “no cuenta con ninguna legislación global para proteger a empleados del sector público y privado de las represalias por denunciar delitos”, denuncia el informe de TI.  

Es más, ni tan siquiera existe una “cultura palpable” en los empleados y en la ciudadanía de denunciar dichos delitos. Desde TI relacionan esta falta de implicación con el hecho de que cualquier ciudadano que denuncie una actividad delictiva ha de confirmar su declaración personalmente ante las autoridades. Únicamente la ley española ampara el anonimato de los ciudadanos que denuncien conflictos de intereses que atañen a oficiales de alto grado y miembros del gobierno.

Así, por ejemplo, en uno de los mayores casos de filtración de documentos en la historia de nuestro país, los correos de Blesa, la Fiscalía intentó a comienzos de este año que se abriera una investigación a los medios de comunicación que publicaron los correos del ex presidente de Caja Madrid –los cuales fueron determinantes como prueba de sus prácticas irregulares en la entidad bancaria.

Pese a las repetidas recomendaciones a España desde 2006 por parte de la OECD (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico) y más recientemente por el Consejo de Ministros de los Estados Miembros la Unión Europea [Recommendation CM/Rec(2014)7, 30 de abril de 2014], tampoco “existe una aparente iniciativa por parte de los líderes políticos de implementar dicho marco de seguridad jurídica” continúa el informe.

Es cierto que la sociedad española ejerce desde hace unos años una presión cada vez mayor desde las calles, sin embargo, la mayoría de la ciudadanía sigue percibiendo como inefectivos los canales de denuncia habituales y las principales agencias anticorrupción gozan de niveles de popularidad bastante bajos. Precisamente, la corrupción, que es lo que la cultura del whistleblowing trata de prevenir, “es un factor crucial en el declive de la apreciación de la calidad democrática que atraviesa España actualmente”, concluye el informe de la ONG.

No se trata de incentivar una cultura del chivatazo sino de que dar la voz de alarma ante actos corruptos e ilegales se convierta en un deber tanto para los medios de comunicación y legisladores como para la sociedad civil. Un cambio cultural que requiere de unas leyes lo suficientemente solventes para garantizar la protección de los informadores, así como efectividad en la investigación posterior de dichos delitos, para que el esfuerzo y compromiso de los ciudadanos no sea en balde y deje impunes a los verdaderos culpables.

Whistleblowers tecnológicos

El desarrollo tecnológico también lidera, en ocasiones, la senda del cambio social. En los últimos años estamos siendo testigos de la aparición de plataformas informáticas cuyo objetivo es transformar la información que maneja la sociedad civil en acción, al posibilitar la filtración de documentos de forma totalmente anónima que prueben presuntas malas prácticas dentro de las instituciones públicas o empresas privadas.

Más allá de Wikileaks –la estrella mediática de las plataformas de filtraciones—, ha surgido un nuevo movimiento de jóvenes iniciativas en código abierto como es el sistema desarrollado por Globaleaks, el cual es utilizado ya por una quincena de iniciativas en países de todo el mundo, incluida la holandesa Publeaks que colabora con más de 40 medios nacionales y locales, o la recién llegada a España Fíltrala, que tiene un acuerdo con cuatro cabeceras españolas: eldiario.es, Diagonal, La Marea y Mongolia.

“El modelo internacional-global propuesto por Wikileaks no llegaba hasta contextos locales, cuando de hecho, tenemos acreditado que los 'leaks’ locales son más poderosos que 'leaks’ globales”, así surgió la idea de empezar a hacer plataformas locales de whistleblowing, explican desde Fíltrala. “En España la corrupción es rampante, a la vez que la población está bastante enterada sobre el uso del Internet como herramienta de acción social”, por lo que una iniciativa como esta tiene muchas opciones de éxito.
"Creemos que la veracidad reside en el propio contenido y
 estructura de los documentos, las filtraciones deben hablar por sí mismas. Este es unos de los pilares del 'periodismo científico' que 
intentamos practicar", explica Pedro Noel, uno de los impulsores de la plataforma.
Pero no se trata simplemente de conseguir una exclusiva que cope las cabeceras de los medios, “las grandes filtraciones son las más mediáticas, pero también necesitamos transparencia desde dentro de los gobiernos e instituciones”, reivindican desde Globaleaks.
El caso Snowden y Wikileaks han sido “un punto de partida bueno y necesario” para el fenómeno de las filtraciones, que ha demostrado “el gran impacto social que pueden tener los ciudadanos como informadores desde dentro de las instituciones, y ha contribuido al debate sobre qué riesgos han de ser evaluados y qué medidas han de ser tomadas al respecto, como por ejemplo, mejores softwares de seguridad” apunta Giovani Pellerano, desarrollador de la herramienta y miembro fundador del Hermes Center for Transparency and Digital Human Rights –organización corresponsable de la Conferencia— y que apenas alcanza la treintena, como la mayoría de los informáticos presentes. “Además de periodistas, grupos activistas y ONG, también las Administraciones Públicas, en países como Italia o Tailandia, están empezando a solicitar nuestra tecnología” señala Pellegrini.

Asistimos a una nueva situación informativa donde el ciudadano ya no es un mero receptor de información más o menos activo sino una valiosa fuente de información con un valor clave para el resto de la sociedad; donde ya no son las grandes corporaciones de medios las que destapan escándalos sino organizaciones sin ánimo de lucro como la estadounidense 100 Reporters o la serbia Pištala (“El silbato”) y donde, tal y como afirma uno de los reporteros tras la plataforma ucraniana YanukovichLeaks, Dmytro Gnap “el periodismo de investigación está convirtiéndose más que en un trabajo, en un deber de la sociedad”.

Tostado de http://www.eldiario.es/turing/chivato-malo_0_274373343.html