CELDILLAS

6 de julio de 2015




Trabajos Fin de Máster de:
  • Tais Bielsa Rey, "Gorgueldoc: Huellas de un conflicto en bucle".
  • Tommaso Marzocchini: "YO soy L.A.L.A. Un prototipo de Comunidad de Creación Audiovisual Online en el Hemisferio Sur".
  • Ester Crespo Martín. "Empoderamiento ciudadano en red: plataformas de subpolítica democrática".
  • Sofía De Roa Verdugo. "Democracia interna y partidos: Sistema de Indicadores de Calidad".
  • Vicky Bolaños Huertas: "Transparencia. Organizaciones para el empoderamiento de la ciudadanía".

Editores: Víctor Sampedro, Gloria G. Durán y José Manuel Sánchez-Duarte.

Publicados en 2015 por CCCD bajo licencia CC.

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15 de junio de 2015

«Debemos replantear la información y los medios desde los derechos y como bien común» Una entrevista que me hizo Nuria del Viso para FUHEM Ecosocial

Los medios de comunicación han experimentado en las últimas décadas la financiarización de su capital, con la entrada en su accionariado de bancos y empresas productivas y su cotización en Bolsa, y un rápido proceso de concentración en grandes grupos mediáticos. Esto, junto a la irrupción de internet, redes sociales y móviles −que han multiplicado las posibilidades de diseminar información y opinión prácticamente a todo aquel con acceso a un dispositivo con conexión− han transformado las lógicas de los medios de comunicación de masas. En paralelo, el derecho a la información ha quedado arrinconado por criterios de éxito comercial y competitividad. Para explorar cuáles son los efectos de todo ello en los medios, hemos conversado con Víctor Sampedro, catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política (URJC, Madrid) y profesor-investigador invitado de Comunicació i Politica (UPF, Barcelona). Pertenece, entre otros, a los Consejos Editoriales de Political Communication, International Journal of Press and Politics y del Centro de Investigaciones Sociológicas. Ha escrito más de una decena de libros sobre campañas y elecciones, nuevas tecnologías-comunicación, movilización social y electoral, identidades colectivas y medios, y nuevos géneros de información política, además de numerosos artículos.

Nuria del Viso (NdV): En el actual panorama de los medios de comunicación convencionales, ¿qué tipo de información se privilegia? ¿Cómo y quién lo decide?

Víctor Sampedro (VS): Las decisiones se toman en los medios igual que en cualquier otra institución: por rutina. La gente funciona con unos protocolos que cree efectivos. Hasta ahora se creía adecuado construir una agenda mediática que era efectiva en términos de lucro económico y de relaciones de poder convenientes para las empresas mediáticas. Esto implicaba una serie de rutinas: primaban las fuentes oficiales con poder, daban visibilidad a aquellos políticos o financieros que le podían apoyar, y evitaban ser molestas con quienes les podían perjudicar en su expansión empresarial. De esta manera, producían mucha información de forma muy rápida y con fuentes muy accesibles dándoles visibilidad pública.

El problema es que la cobertura mediática convencional ha acabado convertida en propaganda en el plano político y en publicidad en el plano económico. Es decir, muchas noticias funcionan como carteles electorales encubiertos y/o campañas publicitarias de empresas y mega corporaciones. Esto se sostenía mientras creíamos que algo de esa realidad mediática era cierta y nos permitía "vigilar el entorno”, enterarnos de lo que pasaba para poder reaccionar. Pero las fuentes alternativas de información han desvelado esas agendas mediáticas como agendas del poder. Ese entramado entra en crisis cuando surge un espacio público digital que, sin idealizarlo, crea la posibilidad de desvelar los flujos noticiosos convencionales como propaganda política y publicidad corporativa.

NdV: Durante décadas, la información se entendió como un derecho, incluso está así recogido en la Constitución española, pero la financiarización y concentración de los medios de comunicación ha ido en sentido contrario. ¿En qué medida han afectado estos cambios al derecho a la información?

VS: El que no se hable ahora de la información como derecho y que lo hagan organizaciones que se consideran antiguas o desfasadas, como UNESCO o la ONU, indica varias cosas: quienes critican el derecho a la información son los grandes voceros del neoconservadurismo, para el cual realmente no existen los derechos colectivos. Por eso, en el marco neocon el derecho de la ciudadanía a una información veraz no tiene ningún sentido: o se paga o no se disfruta. A ello se sumó la transformación de los medios públicos, al margen de los intereses de mercado y de las organizaciones políticas. Y que en nuestro país siempre fueron pensados como medios gubernamentales: en manos del gobierno de turno.

Para recuperar el lenguaje de los derechos en relación a la información o la comunicación debemos reclamarnos sujetos políticos y comunicativos de pleno derecho, reconociendo que podemos emitir flujos de información haciendo un uso inteligente y estratégico de las nuevas tecnologías. Necesitamos coordinarnos y autoconvocarnos en red, de modo para, literalmente, asegurar y acentuar los rasgos democráticos del poder. En algunas ocasiones lo hemos hecho con éxito, y se sigue haciendo en este país. Por ejemplo, la esfera pública digital ha supuesto la apertura y la receptividad de los representantes establecidos hacia nuevas demandas. Véanse las agendas de los partidos que hace cuatro años negaban todas y cada una de las propuestas de nueva organización y de transparencia que han proliferado en las elecciones desde las Europeas de 2014. Además, se trata no solo de aumentar la receptividad, sino también la rendición de cuentas. O los mecanismos de transparencia se apoyan en el campo digital, o difícilmente van a poder prosperar en las instituciones. Podemos liberar un montón de información que es comprometedora para el poder y debiera haber vías institucionales para hacerlo. La última parte se refiere al castigo o a la sanción política. El nivel en que en nuestro país se han utilizado las nuevas tecnologías y la autoconvocatoria del tejido social resulta apabullante. Todo arrancó con “Nunca mais” y el “No a la guerra”, convertidos luego en el “Pásalo” del 2004, más “V de vivienda”, más el 15M y todas las autoconvocatorias de las mareas. Te das cuenta de que hay una capacidad efectiva de ejercer la sanción política en la calle y que eso acaba teniendo una traducción electoral. A las últimas elecciones me remito: el éxito de nuevos partidos y candidaturas –hablo de Podemos y de las candidaturas municipalistas ciudadanas−, que apenas solo cuentan con medios propios, la calle y la red. El rasgo diferencial e identificativo de lo que ahora se llama nueva política es que se financia con microdonaciones. Eso lo puede hacer un partido en red que llega hasta sus últimas consecuencias, concibiendo su propia economía en red y de forma distribuida. La tesis de fondo a recordar es que las tres funciones clásicas del poder democrático las han podido llevar a cabo las cibermultitudes. No son masas, sino individuos y grupos organizados que, sin perder su identidad, se unen en un momento dado para que el poder sea más receptivo; que rinda cuentas; y reciba sanción política.

NdV: ¿En qué medida en la sociedad actual debe considerarse la información como bien común?

VS: La información pública, que ha acabado convertida en información gubernamental y en publicidad corporativa, es ajena a los verdaderos intereses políticos, de participación y económicos. Incluso son contrarios a la supervivencia física y económica de nuestras sociedades, del planeta a escala global, por el modelo y los niveles de consumo y desarrollo (insostenibles) que promueven. Solo cabe reivindicar que somos nosotras las que tenemos que hacer la información, porque si no la hacemos, nos la van a hacer. Tenemos que construir las agendas de debate público que promuevan el bien común. Podemos cogestionarlo y responsabilizarnos de ello. Ahora sabemos que tenemos que crear instituciones que incentiven la cooperación, la horizontalidad, y que castiguen la no cooperación. Deberíamos ocuparnos de preservar un flujo de información que, sí o sí, va a ser libre o liberada. Los diseños económicos de los bienes comunes sirven también para la comunicación porque su gestión, como decía Olstrom, impide su degradación y asegura su viabilidad.
Por otra parte, el código con el que nos comunicamos debiera ser abierto, no solo libre, que de hecho ya lo es. Lo podemos privatizar un tiempo, pero a partir de ahí fluye sin apenas restricciones. Pero además, el código de la democracia del siglo XXI será abierto o no será, como el periodismo que defiendo en El Cuarto Poder en red [1]. Porque ni las audiencias ni los votantes se fían ya de las noticias y las campañas electorales, y quieren participar en su construcción. O replanteamos la información y los medios de comunicación desde los derechos y el bien común, o nos va a ser muy difícil avanzar modelos viables de periodismo... y de partidos. Sin darnos cuenta, estamos diseñando nuevas instituciones, nuevas formas de hacer periodismo, nuevas formas de conocimiento y pedagogía social. Aunque hay muchos peros que poner a las utopías digitales, empujan la innovación social. La más urgente consiste en desplegar un código que sirva para ejercer de contrapoder, que es lo que corresponde hacer a la sociedad civil.

NdV: En el otro extremo del continuum comunicativo, la libertad de expresión parece hoy más vinculada a quien puede pagar por divulgar lo que quiere decir que a su sentido original de universalidad. De alguna manera, ¿podríamos decir que se está “privatizando” ese derecho? Si es así, esto nos remite a un problema en cuanto a calidad de la democracia…

VS: Ahí nos falta cultura política, y la poca que tenemos ha quedado desfasada; es decir, utilizamos conceptos que no dan cuenta de lo que ocurre. La privatización de la información −restringir el acceso a la buena información a quienpuede pagarla− es consecuencia lógica de su mercantilización. Pero resulta muy difícil conseguir el suficiente número de personas dispuestas a pagar por buena información. Son sectores muy reducidos, un 10%, que se conoce como "publico atento” o influencers: tienen influencia y la ejercen en las redes. ¿Qué hace el resto de medios que no cuentan con esas audiencias selectas, con capacidad adquisitiva y suficientes conocimientos para valorar la información –la buena información− y pagar por ella? Pues la banalizan y la trivializan hasta límites insospechados, vulnerando incluso los derechos humanos.

Si no hubiera un mínimo de control deontológico en la profesión, se vulneraría el derecho a la intimidad y a la imagen de manera flagrante. Encontramos, por una parte, un proceso de elitización de la información y, por otro, de masificación y trivialización. En medio, sin embargo, surgen soluciones bastantes inteligentes, que nos deben hacer pensar en nuevos formatos. Me refiero, por ejemplo, a dos programas de éxito, en los que es muy difícil delimitar si son entretenimiento o información: Salvados y El intermedio. Espectacularizan la vida política pero sin degradarla. Al contrario, al mostrarnos su nivel de degradación, nos promueven un debate político que quizá está más pegado a la realidad y a los intereses comunes de la gente. Creo que el pensamiento crítico, en vez de hablar únicamente de degradación, debería señalar las líneas de innovación que están surgiendo, que tienen muy en cuenta la participación ciudadana, presente en el rol que adopta Ébole o la sátira de Wyoming.

NdV: Los medios de comunicación constituyen un poderoso instrumento de reproducción ideológica del poder hegemónico. Como indica Manuel Castells, «son el medio donde se crea el poder y donde se deciden las relaciones de poder». Sin embargo, ese proceso ya no se produce en forma de censura directa, sino a través de estrategias más sutiles. ¿Qué instrumentos adopta hoy en día ese proceso?

VS: Hay dos instrumentos que creo que no han sido suficientemente señalados y que son clave para protegernos en nuestras prácticas mediáticas. El primero es el nivel de complejidad. Nos movemos a un nivel tecnológico tal que no nos permite ser conscientes de lo que estamos haciendo cuando utilizamos software privativo, corporativo, cuando estás utilizando Windows en vez de Linux: con Windows hacen contigo lo que quieren sin que tú te des cuenta, y, por lo tanto, puedas siquiera dar permiso para ello. Con Linux, tú y tus amigos de la comunidad de Linux controláis lo que las herramientas tecnológicas hacen. Por lo menos, podéis evitar que se hagan determinadas cosas sin vuestro consentimiento. Todo esto tiene que ver con la pérdida del libre albedrío. Si estás registrada en todas las prácticas de comunicación digital –y no digital−, como ha demostrado Snowden, van a poder construir contigo el perfil que quieran, de modo que pueden destruirte si pretendes tener una carrera con visibilidad política o pública que amenace los equilibrios de poder. Para eludir esta posibilidad, la autocensura será brutal y se impondrá el cinismo en la esfera pública. No somos conscientes, y seguimos utilizando Whatsapp y Facebook sin saber que son dos portales que se intercambian información en tiempo real. Resultan más rápidos y fiables que cualquier otra fuente de datos para el marketing o la propaganda. En vez de paralizarnos, debemos considerar que este proceso no es irreversible.

La segunda cuestión es muy sutil y funciona cotidianamente sin darnos cuenta: la saturación y la sobreinformación. Juntas son la peor forma de censura y no dejan lugar a la reflexión, necesaria e imprescindible para luego pasar a la acción sobre aquello que te ha indignado o ilusionado. Así, estamos todo el tiempo sumidos en una espiral de cotidianidad que nos abruma. Hasta el punto de ser incapaces de procesarla. Lo importante se confunde con lo banal. Y a menudo lo comunicativo sustituye a lo realmente efectivo off line. A veces quedamos enredados en las redes. En lugar deplantearnos trabajar en las instituciones e iniciar procesos de cambio político, estamos pendientes del siguiente tsunami provocado por el trending topic del día. Esos son los mecanismos en sus trazos más gruesos. Lo que hay detrás son los intereses corporativos, los clásicos de la economía política de los medios: los convencionales y buena parte de los digitales están en manos de muy pocos y siguen siendo cuellos de botella. Sin comparecer en televisión ni estar en Facebook no alcanzas visibilidad ni, por tanto, a las mayorías sociales.

NdV: Por otro lado, los medios alternativos suelen tener audiencias pequeñas…

VS: Sí, pero una vez que se colocan en un diseño de cibermultitud en red pueden cobrar tanta pujanza como la que adquirieron las mareas derivadas del 15M. Las primeras reemplazaron o reinventaron una herramienta política como puede ser la huelga, que había sido desactivada legalmente por los neocon y trivializada por los sindicatos al uso. En la Comunidad de Madrid las mareas paralizaron procesos de privatización, hackeando jurídicamente las leyes antisociales. Las formaban colectivos muy pequeños, coordinados con una red muy distribuida, muy poco jerarquizada, con algunos de medios de autocomunicación de los colectivos implicados, otros de redifusión, otros de denuncia, investigación y acción colectiva, etc. El número de las audiencias es muy importante, pero también importa mucho su calidad porque las audiencias, una vez convertidas en públicos activos, aparte de consumir, pueden redifundir, transformar y crear nuevos flujos comunicativos.

NdV: En ese mar de sobreinformación y de “información contaminada”, en palabras de Ramonet, se propicia que la gente delegue “en los líderes bien informados” de su elección, produciendo una especie de “opinión pública por delegación” y, como has indicado, un “espacio público ‘secuestrado’”. ¿Qué ocurre cuando esos líderes sirven a intereses espurios? ¿Qué ocurre cuando deliberadamente sesgan la información que la gente “debe” recibir?

VS: Me centro primero en la cuestión de la representación. Una cuestión básica de la teoría de opinión pública es que la opinión pública no existe hasta que se construye con mecanismos de representación. En segundo lugar, todo mecanismo de representación lleva aparejado un riesgo de traición y de suplantación. Traición porque se traduce lo que la gente dice o quiere decir. Y el que traduce siempre traiciona. Siempre hay un sesgo, por pequeño que sea, y que se hace continuo una vez que se institucionaliza. Ciertos sesgos son inherentes al proceso de delegación y de representación. Porque no es cierto que la representación directa resulte siempre más real que la indirecta. También hay procesos ilegítimos de empoderamiento y de manipulación de intereses en las asambleas. Asumido esto, lo lógico es pensar qué canales tenemos que diseñar y desarrollar en las instituciones representativas para que los sesgos antidemocráticos sean los mínimos posibles. Es una cuestión de diseño institucional o de arquitecturas de comunicación. Como sostienen los hackers, quien diseña la arquitectura comunicacional, decide la estructura del poder; blindas a unos, desnudas a otros. Les das poder a los de arriba para hablar a los de abajo, o a los de abajo para promover iniciativas hacia arriba.

Cuando diseñas una arquitectura de comunicación estás invitando a la gente a ocupar espacios de comunicación, ya sean plazas públicas o quioscos. Y los medios con una lógica más privativa funcionan realmente como los peep shows, esos sitios de porno en los que pagas muchísimo para mirar desde la cabina y ser el único que lo disfruta. Los medios privativos funcionan así, dan acceso a información, que antes era secreta, de forma excluyente, y son capaces de representar a cualquiera haciendo cualquier cosa si hay un cliente que lo pide. De ahí proviene la obscenidad de las programaciones que son fruto exclusivo de la mercantilización mediática.

Afrontamos un momento de creación de institucionalidad. El presente exige nuevas formas de comunicación periódica con una comunidad, desplegar nuevas pedagogías ligadas a la intervención y la participación, crear nuevas formas de hablar con la gente, de llegar a ella y ella a las instituciones. Algunas cuestiones están claras. Primero, la revocabilidad si el representante no se ajusta a su plan de actuación. Esto significa en el plano comunicativo que no haya monopolios de facto. Todo el mundo es prescindible en cuanto vulnera el pacto que ha establecido con la ciudadanía, en política y en comunicación. Segundo, la limitación de mandatos. Tercero, vías de transparencia. Ahora los transparentes somos nosotros, ante Facebook y la NSA. Gran parte de la guerra digital se basa en rescatar perfiles de gente conflictiva para acallarla o ponerla en evidencia. Hay que invertir el proceso: los transparentes deben ser los poderosos. La privacidad y el anonimato han de ser para el ciudadano de a pie, son derechos inalienables de quien ha superado la condición de súbdito.

Otra de las obviedades en los espacios públicos y la opinión pública es que "si no hablas, serás hablado", que decía Bourdieu. Si no abres la boca, estarás consintiendo. Los líderes inevitablemente acallan con su discurso a los representados, y es responsabilidad del representado controlar esa supuesta autoridad y ese poder. Todos y cada uno de nosotros –como defiendo en el libro El Cuarto Poder en red− somos parte de un capitalismo cognitivo en el que cualquier persona tiene muchas bases de datos a su alcance. El soldado Manning era un recluta de 22 años que con un ordenador y una disquetera puso en jaque a la maquinaria de guerra más poderosa del mundo; esa es la metáfora. Le han acusado de desequilibrado porque creía que podía parar la guerra, y de poco varonil porque en vez de ser chico quería ser chica. No hemos entendido nada. El verdadero revolucionario se cambia a sí mismo dentro de lo que concibe como un proyecto de transformación social. Hemos perdido la capacidad de entender a un hacker tan consecuente que lo primero que hace, cuando le detienen, es exigir el derecho a hackear su código biológico, para llegar a ser quien quiere ser.

Manning, Snowden y Assange forman parte de la iconografía de las nuevas generaciones que en la primavera árabe se pusieron a soñar... y los poderosos tuvieron unas cuantas pesadillas. Wikileaks llevó a sus últimas consecuencias lo que se puede hacer con la ideología de código libre y abierto en internet. Por eso han ido de manera tan brutal contra ellos. Porque nos proponían pensarnos como ciudadanos que actúan cotidianamente como sujetos comunicativos y políticos de pleno derecho. Conscientes de que cuentan con el capital físico −a veces basta con un teléfono móvil− para escuchar y denunciar al poder ilegítimo casi en tiempo real. Los sueños digitales tienen mucho de sueños ilustrados. Como decía Assange, WikiLeaks nos convocaba a «escribir la historia en tiempo real, desde abajo».

NdV: Chomsky califica a los medios como “empresas del convencimiento” porque tratan de persuadirnos de que este es el mejor sistema posible, reafirmando en todo momento el capitalismo (sin nombrarlo) y alejándonos de aquellos puntos que pudieran ponerlo en cuestión. Los medios construyen la realidad, condicionando nuestro entendimiento del mundo de determinadas maneras, y en ese proceso ocultan o distorsionan ciertos aspectos que cuestionarían esa visión. ¿Qué opciones tenemos frente a esa máquina de fabricar hegemonía?

VS: La propuesta que intento hacer desde hace tiempo admite que ha llegado el momento de aprender de comunicación digital. No podemos seguir utilizando una tecnología que tiene 20 años de protocolos sin saber lo que estamos haciendo con ellos. En ese sentido, actuamos como poblaciones suicidas. Parecemos esos cetáceos que pierden el norte y acaban varados en una playa. Antes llevábamos la iniciativa en la construcción de internet y desde hace unos años la tienen los interesados en privatizarla y que las red no sea entendida como un prerequisito para ejercer de forma efectiva gran parte de los derechos humanos.

En segundo lugar, debemos reflexionar sobre las prácticas derivadas de una alfabetización digital inconsciente. Tenemos que comprender qué estamos haciendo cuando ponemos un like (me gusta) en Facebook. Si esto no se entiende y si nuestra actividad digital no se traduce en prácticas emancipatorias, nada habremos avanzado... Porque si realizáramos determinadas prácticas digitales, nuestras vidas personales y colectivas serían diferentes. Por ejemplo, filtrando escándalos en buzones anónimos tipo WikiLeaks, que en España ya tenemos un par (Fíltrala y X-net).

En tercer lugar, deberíamos ser conscientes que no sirve solo con lo que uno piensa o lo que uno o unas cuantas hacemos. Luego hay que llevarlo a las instituciones, hay que plantear currículum escolares y un nuevo tejido institucional. Un proyecto que, por cierto, se parece mucho al que surgió en la Ilustración. Entonces con la imprenta y ahora con internet recuperemos y llevemos a sus últimas consecuencias el concepto de amigos y amigas del país, que se reúnen y debaten, con órganos de expresión propios; que participan en esferas públicas interconectadas, sostenidas con sus propias herramientas, aportaciones económicas y las prácticas comunicativas de las comunidades a las que sirven; que no buscan marketing, sino diálogo, etc. A esto se le llama hacer "nueva política”. Tenemos mucho trabajo apasionante por hacer. Insisto, lo único que ha cambiado son las herramientas. En los valores no creo que haya que inventar demasiado respecto a otros momentos en que los fue posible avanzar en la emancipación personal y colectiva.
Nota
[1] V. Sampedro, El Cuarto Poder en red. Por un periodismo de código libre, Icaria, Barcelona, 2014.


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13 de junio de 2015

Entrevista a Víctor Sampedro en Fuhem Ecosocial

Los medios de comunicación han experimentado en las últimas décadas la financiarización de su capital, con la entrada en su accionariado de bancos y empresas productivas y su cotización en Bolsa, y un rápido proceso de concentración en grandes grupos mediáticos. Esto, junto a la irrupción de internet, redes sociales y móviles −que han multiplicado las posibilidades de diseminar información y opinión prácticamente a todo aquel con acceso a un dispositivo con conexión− han transformado las lógicas de los medios de comunicación de masas. En paralelo, el derecho a la información ha quedado arrinconado por criterios de éxito comercial y competitividad. Para explorar cuáles son los efectos de todo ello en los medios, hemos conversado con Víctor Sampedro, catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política (URJC, Madrid) y profesor-investigador invitado de Comunicació i Politica (UPF, Barcelona). Pertenece, entre otros, a los Consejos Editoriales de Political Communication, International Journal of Press and Politics y del Centro de Investigaciones Sociológicas. Ha escrito más de una decena de libros sobre campañas y elecciones, nuevas tecnologías-comunicación, movilización social y electoral, identidades colectivas y medios, y nuevos géneros de información política, además de numerosos artículos.


Nuria del Viso (NdV): En el actual panorama de los medios de comunicación convencionales, ¿qué tipo de información se privilegia? ¿Cómo y quién lo decide?

Víctor Sampedro (VS): Las decisiones se toman en los medios igual que en cualquier otra institución: por rutina. La gente funciona con unos protocolos que cree efectivos. Hasta ahora se creía adecuado construir una agenda mediática que era efectiva en términos de lucro económico y de relaciones de poder convenientes para las empresas mediáticas. Esto implicaba una serie de rutinas: primaban las fuentes oficiales con poder, daban visibilidad a aquellos políticos o financieros que le podían apoyar, y evitaban ser molestas con quienes les podían perjudicar en su expansión empresarial. De esta manera, producían mucha información de forma muy rápida y con fuentes muy accesibles dándoles visibilidad pública.

El problema es que la cobertura mediática convencional ha acabado convertida en propaganda en el plano político y en publicidad en el plano económico. Es decir, muchas noticias funcionan como carteles electorales encubiertos y/o campañas publicitarias de empresas y mega corporaciones. Esto se sostenía mientras creíamos que algo de esa realidad mediática era cierta y nos permitía "vigilar el entorno”, enterarnos de lo que pasaba para poder reaccionar. Pero las fuentes alternativas de información han desvelado esas agendas mediáticas como agendas del poder. Ese entramado entra en crisis cuando surge un espacio público digital que, sin idealizarlo, crea la posibilidad de desvelar los flujos noticiosos convencionales como propaganda política y publicidad corporativa.

NdV: Durante décadas, la información se entendió como un derecho, incluso está así recogido en la Constitución española, pero la financiarización y concentración de los medios de comunicación ha ido en sentido contrario. ¿En qué medida han afectado estos cambios al derecho a la información? 

VS: El que no se hable ahora de la información como derecho y que lo hagan organizaciones que se consideran antiguas o desfasadas, como UNESCO o la ONU, indica varias cosas: quienes critican el derecho a la información son los grandes voceros del neoconservadurismo, para el cual realmente no existen los derechos colectivos. Por eso, en el marco neocon el derecho de la ciudadanía a una información veraz no tiene ningún sentido: o se paga o no se disfruta. A ello se sumó la transformación de los medios públicos, al margen de los intereses de mercado y de las organizaciones políticas. Y que en nuestro país siempre fueron pensados como medios gubernamentales: en manos del gobierno de turno. 

Para recuperar el lenguaje de los derechos en relación a la información o la comunicación debemos reclamarnos sujetos políticos y comunicativos de pleno derecho, reconociendo que podemos emitir flujos de información haciendo un uso inteligente y estratégico de las nuevas tecnologías. Necesitamos coordinarnos y autoconvocarnos en red, de modo para, literalmente, asegurar y acentuar los rasgos democráticos del poder. En algunas ocasiones lo hemos hecho con éxito, y se sigue haciendo en este país. Por ejemplo, la esfera pública digital ha supuesto la apertura y la receptividad de los representantes establecidos hacia nuevas demandas. Véanse las agendas de los partidos que hace cuatro años negaban todas y cada una de las propuestas de nueva organización y de transparencia que han proliferado en las elecciones desde las Europeas de 2014. Además, se trata no solo de aumentar la receptividad, sino también la rendición de cuentas. O los mecanismos de transparencia se apoyan en el campo digital, o difícilmente van a poder prosperar en las instituciones. Podemos liberar un montón de información que es comprometedora para el poder y debiera haber vías institucionales para hacerlo. La última parte se refiere al castigo o a la sanción política. El nivel en que en nuestro país se han utilizado las nuevas tecnologías y la autoconvocatoria del tejido social resulta apabullante. Todo arrancó con “Nunca mais” y el “No a la guerra”, convertidos luego en el “Pásalo” del 2004, más “V de vivienda”, más el 15M y todas las autoconvocatorias de las mareas. Te das cuenta de que hay una capacidad efectiva de ejercer la sanción política en la calle y que eso acaba teniendo una traducción electoral. A las últimas elecciones me remito: el éxito de nuevos partidos y candidaturas –hablo de Podemos y de las candidaturas municipalistas ciudadanas−, que apenas solo cuentan con medios propios, la calle y la red. El rasgo diferencial e identificativo de lo que ahora se llama nueva política es que se financia con microdonaciones. Eso lo puede hacer un partido en red que llega hasta sus últimas consecuencias, concibiendo su propia economía en red y de forma distribuida. La tesis de fondo a recordar es que las tres funciones clásicas del poder democrático las han podido llevar a cabo las cibermultitudes. No son masas, sino individuos y grupos organizados que, sin perder su identidad, se unen en un momento dado para que el poder sea más receptivo; que rinda cuentas; y reciba sanción política.

NdV: ¿En qué medida en la sociedad actual debe considerarse la información como bien común? 

VS: La información pública, que ha acabado convertida en información gubernamental y en publicidad corporativa, es ajena a los verdaderos intereses políticos, de participación y económicos. Incluso son contrarios a la supervivencia física y económica de nuestras sociedades, del planeta a escala global, por el modelo y los niveles de consumo y desarrollo (insostenibles) que promueven. Solo cabe reivindicar que somos nosotras las que tenemos que hacer la información, porque si no la hacemos, nos la van a hacer. Tenemos que construir las agendas de debate público que promuevan el bien común. Podemos cogestionarlo y responsabilizarnos de ello. Ahora sabemos que tenemos que crear instituciones que incentiven la cooperación, la horizontalidad, y que castiguen la no cooperación. Deberíamos ocuparnos de preservar un flujo de información que, sí o sí, va a ser libre o liberada. Los diseños económicos de los bienes comunes sirven también para la comunicación porque su gestión, como decía Olstrom, impide su degradación y asegura su viabilidad.

Por otra parte, el código con el que nos comunicamos debiera ser abierto, no solo libre, que de hecho ya lo es. Lo podemos privatizar un tiempo, pero a partir de ahí fluye sin apenas restricciones. Pero además, el código de la democracia del siglo XXI será abierto o no será, como el periodismo que defiendo en El Cuarto Poder en red. Porque ni las audiencias ni los votantes se fían ya de las noticias y las campañas electorales, y quieren participar en su construcción. O replanteamos la información y los medios de comunicación desde los derechos y el bien común, o nos va a ser muy difícil avanzar modelos viables de periodismo... y de partidos. Sin darnos cuenta, estamos diseñando nuevas instituciones, nuevas formas de hacer periodismo, nuevas formas de conocimiento y pedagogía social. Aunque hay muchos peros que poner a las utopías digitales, empujan la innovación social. La más urgente consiste en desplegar un código que sirva para ejercer de contrapoder, que es lo que corresponde hacer a la sociedad civil.

NdV: En el otro extremo del continuum comunicativo, la libertad de expresión parece hoy más vinculada a quien puede pagar por divulgar lo que quiere decir que a su sentido original de universalidad. De alguna manera, ¿podríamos decir que se está “privatizando” ese derecho? Si es así, esto nos remite a un problema en cuanto a calidad de la democracia… 

VS: Ahí nos falta cultura política, y la poca que tenemos ha quedado desfasada; es decir, utilizamos conceptos que no dan cuenta de lo que ocurre. La privatización de la información −restringir el acceso a la buena información a quienpuede pagarla− es consecuencia lógica de su mercantilización. Pero resulta muy difícil conseguir el suficiente número de personas dispuestas a pagar por buena información. Son sectores muy reducidos, un 10%, que se conoce como "publico atento” o influencers: tienen influencia y la ejercen en las redes. ¿Qué hace el resto de medios que no cuentan con esas audiencias selectas, con capacidad adquisitiva y suficientes conocimientos para valorar la información –la buena información− y pagar por ella? Pues la banalizan y la trivializan hasta límites insospechados, vulnerando incluso los derechos humanos.

Si no hubiera un mínimo de control deontológico en la profesión, se vulneraría el derecho a la intimidad y a la imagen de manera flagrante. Encontramos, por una parte, un proceso de elitización de la información y, por otro, de masificación y trivialización. En medio, sin embargo, surgen soluciones bastantes inteligentes, que nos deben hacer pensar en nuevos formatos. Me refiero, por ejemplo, a dos programas de éxito, en los que es muy difícil delimitar si son entretenimiento o información: Salvados y El intermedio. Espectacularizan la vida política pero sin degradarla. Al contrario, al mostrarnos su nivel de degradación, nos promueven un debate político que quizá está más pegado a la realidad y a los intereses comunes de la gente. Creo que el pensamiento crítico, en vez de hablar únicamente de degradación, debería señalar las líneas de innovación que están surgiendo, que tienen muy en cuenta la participación ciudadana, presente en el rol que adopta Évole o la sátira de Wyoming.

NdV: Los medios de comunicación constituyen un poderoso instrumento de reproducción ideológica del poder hegemónico. Como indica Manuel Castells, «son el medio donde se crea el poder y donde se deciden las relaciones de poder». Sin embargo, ese proceso ya no se produce en forma de censura directa, sino a través de estrategias más sutiles. ¿Qué instrumentos adopta hoy en día ese proceso? 

VS: Hay dos instrumentos que creo que no han sido suficientemente señalados y que son clave para protegernos en nuestras prácticas mediáticas. El primero es el nivel de complejidad. Nos movemos a un nivel tecnológico tal que no nos permite ser conscientes de lo que estamos haciendo cuando utilizamos software privativo, corporativo, cuando estás utilizando Windows en vez de Linux: con Windows hacen contigo lo que quieren sin que tú te des cuenta, y, por lo tanto, puedas siquiera dar permiso para ello. Con Linux, tú y tus amigos de la comunidad de Linux controláis lo que las herramientas tecnológicas hacen. Por lo menos, podéis evitar que se hagan determinadas cosas sin vuestro consentimiento. Todo esto tiene que ver con la pérdida del libre albedrío. Si estás registrada en todas las prácticas de comunicación digital –y no digital−, como ha demostrado Snowden, van a poder construir contigo el perfil que quieran, de modo que pueden destruirte si pretendes tener una carrera con visibilidad política o pública que amenace los equilibrios de poder. Para eludir esta posibilidad, la autocensura será brutal y se impondrá el cinismo en la esfera pública. No somos conscientes, y seguimos utilizando Whatsapp y Facebook sin saber que son dos portales que se intercambian información en tiempo real. Resultan más rápidos y fiables que cualquier otra fuente de datos para el marketing o la propaganda. En vez de paralizarnos, debemos considerar que este proceso no es irreversible.

La segunda cuestión es muy sutil y funciona cotidianamente sin darnos cuenta: la saturación y la sobreinformación. Juntas son la peor forma de censura y no dejan lugar a la reflexión, necesaria e imprescindible para luego pasar a la acción sobre aquello que te ha indignado o ilusionado. Así, estamos todo el tiempo sumidos en una espiral de cotidianidad que nos abruma. Hasta el punto de ser incapaces de procesarla. Lo importante se confunde con lo banal. Y a menudo lo comunicativo sustituye a lo realmente efectivo off line. A veces quedamos enredados en las redes. En lugar deplantearnos trabajar en las instituciones e iniciar procesos de cambio político, estamos pendientes del siguiente tsunami provocado por el trending topic del día. Esos son los mecanismos en sus trazos más gruesos. Lo que hay detrás son los intereses corporativos, los clásicos de la economía política de los medios: los convencionales y buena parte de los digitales están en manos de muy pocos y siguen siendo cuellos de botella. Sin comparecer en televisión ni estar en Facebook no alcanzas visibilidad ni, por tanto, a las mayorías sociales.

NdV: Por otro lado, los medios alternativos suelen tener audiencias pequeñas…

VS: Sí, pero una vez que se colocan en un diseño de cibermultitud en red pueden cobrar tanta pujanza como la que adquirieron las mareas derivadas del 15M. Las primeras reemplazaron o reinventaron una herramienta política como puede ser la huelga, que había sido desactivada legalmente por los neocon y trivializada por los sindicatos al uso. En la Comunidad de Madrid las mareas paralizaron procesos de privatización, hackeando jurídicamente las leyes antisociales. Las formaban colectivos muy pequeños, coordinados con una red muy distribuida, muy poco jerarquizada, con algunos de medios de autocomunicación de los colectivos implicados, otros de redifusión, otros de denuncia, investigación y acción colectiva, etc. El número de las audiencias es muy importante, pero también importa mucho su calidad porque las audiencias, una vez convertidas en públicos activos, aparte de consumir, pueden redifundir, transformar y crear nuevos flujos comunicativos.

NdV: En ese mar de sobreinformación y de “información contaminada”, en palabras de Ramonet, se propicia que la gente delegue “en los líderes bien informados” de su elección, produciendo una especie de “opinión pública por delegación” y, como has indicado, un “espacio público ‘secuestrado’”. ¿Qué ocurre cuando esos líderes sirven a intereses espurios? ¿Qué ocurre cuando deliberadamente sesgan la información que la gente “debe” recibir?

VS: Me centro primero en la cuestión de la representación. Una cuestión básica de la teoría de opinión pública es que la opinión pública no existe hasta que se construye con mecanismos de representación. En segundo lugar, todo mecanismo de representación lleva aparejado un riesgo de traición y de suplantación. Traición porque se traduce lo que la gente dice o quiere decir. Y el que traduce siempre traiciona. Siempre hay un sesgo, por pequeño que sea, y que se hace continuo una vez que se institucionaliza. Ciertos sesgos son inherentes al proceso de delegación y de representación. Porque no es cierto que la representación directa resulte siempre más real que la indirecta. También hay procesos ilegítimos de empoderamiento y de manipulación de intereses en las asambleas. Asumido esto, lo lógico es pensar qué canales tenemos que diseñar y desarrollar en las instituciones representativas para que los sesgos antidemocráticos sean los mínimos posibles. Es una cuestión de diseño institucional o de arquitecturas de comunicación. Como sostienen los hackers, quien diseña la arquitectura comunicacional, decide la estructura del poder; blindas a unos, desnudas a otros. Les das poder a los de arriba para hablar a los de abajo, o a los de abajo para promover iniciativas hacia arriba. 

Cuando diseñas una arquitectura de comunicación estás invitando a la gente a ocupar espacios de comunicación, ya sean plazas públicas o quioscos. Y los medios con una lógica más privativa funcionan realmente como los peep shows, esos sitios de porno en los que pagas muchísimo para mirar desde la cabina y ser el único que lo disfruta. Los medios privativos funcionan así, dan acceso a información, que antes era secreta, de forma excluyente, y son capaces de representar a cualquiera haciendo cualquier cosa si hay un cliente que lo pide. De ahí proviene la obscenidad de las programaciones que son fruto exclusivo de la mercantilización mediática. 

Afrontamos un momento de creación de institucionalidad. El presente exige nuevas formas de comunicación periódica con una comunidad, desplegar nuevas pedagogías ligadas a la intervención y la participación, crear nuevas formas de hablar con la gente, de llegar a ella y ella a las instituciones. Algunas cuestiones están claras. Primero, la revocabilidad si el representante no se ajusta a su plan de actuación. Esto significa en el plano comunicativo que no haya monopolios de facto. Todo el mundo es prescindible en cuanto vulnera el pacto que ha establecido con la ciudadanía, en política y en comunicación. Segundo, la limitación de mandatos. Tercero, vías de transparencia. Ahora los transparentes somos nosotros, ante Facebook y la NSA. Gran parte de la guerra digital se basa en rescatar perfiles de gente conflictiva para acallarla o ponerla en evidencia. Hay que invertir el proceso: los transparentes deben ser los poderosos. La privacidad y el anonimato han de ser para el ciudadano de a pie, son derechos inalienables de quien ha superado la condición de súbdito. 

Otra de las obviedades en los espacios públicos y la opinión pública es que "si no hablas, serás hablado", que decía Bourdieu. Si no abres la boca, estarás consintiendo. Los líderes inevitablemente acallan con su discurso a los representados, y es responsabilidad del representado controlar esa supuesta autoridad y ese poder. Todos y cada uno de nosotros –como defiendo en el libro El Cuarto Poder en red− somos parte de un capitalismo cognitivo en el que cualquier persona tiene muchas bases de datos a su alcance. El soldado Manning era un recluta de 22 años que con un ordenador y una disquetera puso en jaque a la maquinaria de guerra más poderosa del mundo; esa es la metáfora. Le han acusado de desequilibrado porque creía que podía parar la guerra, y de poco varonil porque en vez de ser chico quería ser chica. No hemos entendido nada. El verdadero revolucionario se cambia a sí mismo dentro de lo que concibe como un proyecto de transformación social. Hemos perdido la capacidad de entender a un hacker tan consecuente que lo primero que hace, cuando le detienen, es exigir el derecho a hackear su código biológico, para llegar a ser quien quiere ser. 

Manning, Snowden y Assange forman parte de la iconografía de las nuevas generaciones que en la primavera árabe se pusieron a soñar... y los poderosos tuvieron unas cuantas pesadillas. Wikileaks llevó a sus últimas consecuencias lo que se puede hacer con la ideología de código libre y abierto en internet. Por eso han ido de manera tan brutal contra ellos. Porque nos proponían pensarnos como ciudadanos que actúan cotidianamente como sujetos comunicativos y políticos de pleno derecho. Conscientes de que cuentan con el capital físico −a veces basta con un teléfono móvil− para escuchar y denunciar al poder ilegítimo casi en tiempo real. Los sueños digitales tienen mucho de sueños ilustrados. Como decía Assange, WikiLeaks nos convocaba a «escribir la historia en tiempo real, desde abajo».

NdV: Chomsky califica a los medios como “empresas del convencimiento” porque tratan de persuadirnos de que este es el mejor sistema posible, reafirmando en todo momento el capitalismo (sin nombrarlo) y alejándonos de aquellos puntos que pudieran ponerlo en cuestión. Los medios construyen la realidad, condicionando nuestro entendimiento del mundo de determinadas maneras, y en ese proceso ocultan o distorsionan ciertos aspectos que cuestionarían esa visión. ¿Qué opciones tenemos frente a esa máquina de fabricar hegemonía?

VS: La propuesta que intento hacer desde hace tiempo admite que ha llegado el momento de aprender de comunicación digital. No podemos seguir utilizando una tecnología que tiene 20 años de protocolos sin saber lo que estamos haciendo con ellos. En ese sentido, actuamos como poblaciones suicidas. Parecemos esos cetáceos que pierden el norte y acaban varados en una playa. Antes llevábamos la iniciativa en la construcción de internet y desde hace unos años la tienen los interesados en privatizarla y que las red no sea entendida como un prerequisito para ejercer de forma efectiva gran parte de los derechos humanos.

En segundo lugar, debemos reflexionar sobre las prácticas derivadas de una alfabetización digital inconsciente. Tenemos que comprender qué estamos haciendo cuando ponemos un like (me gusta) en Facebook. Si esto no se entiende y si nuestra actividad digital no se traduce en prácticas emancipatorias, nada habremos avanzado... Porque si realizáramos determinadas prácticas digitales, nuestras vidas personales y colectivas serían diferentes. Por ejemplo, filtrando escándalos en buzones anónimos tipo WikiLeaks, que en España ya tenemos un par (Fíltrala y X-net). 

En tercer lugar, deberíamos ser conscientes que no sirve solo con lo que uno piensa o lo que uno o unas cuantas hacemos. Luego hay que llevarlo a las instituciones, hay que plantear currículum escolares y un nuevo tejido institucional. Un proyecto que, por cierto, se parece mucho al que surgió en la Ilustración. Entonces con la imprenta y ahora con internet recuperemos y llevemos a sus últimas consecuencias el concepto de amigos y amigas del país, que se reúnen y debaten, con órganos de expresión propios; que participan en esferas públicas interconectadas, sostenidas con sus propias herramientas, aportaciones económicas y las prácticas comunicativas de las comunidades a las que sirven; que no buscan marketing, sino diálogo, etc. A esto se le llama hacer "nueva política”. Tenemos mucho trabajo apasionante por hacer. Insisto, lo único que ha cambiado son las herramientas. En los valores no creo que haya que inventar demasiado respecto a otros momentos en que los fue posible avanzar en la emancipación personal y colectiva. 

23 de mayo de 2015



"El Mejor Partido: Estos lo tienen claro, hasta en el título. Leemos en su web que son "un partido político sin promesas electorales creíbles, vamos, como las de todos los demás partidos".

Se definen como "varones heterosexuales canosos y cegatos" y aseguran que, de pactar, lo harían con el PP porque "las siglas parecen botas ortopédicas al revés, y eso es lo que necesita el país: caminar recto, pero con el culo mirando al cielo". Todo clase."

http://www.huffingtonpost.es/2015/05/19/partidos-raros-24m_n_7314392.html?utm_hp_ref=spain

D.

14 de mayo de 2015



D.

7 de mayo de 2015



La mani de CCOO, hoy en Madrid.

5 de mayo de 2015

Millán Fernández
Politólogo, consultor y analista político (@millanfernandez)

Este post es la segunda entrega de una serie dedicada al análisis político y mediático de Galicia

Las Mareas[1] están recobrando fuerza con la rebelión municipalista [2] que se ha forjado en todo el Estado. En el caso de Galicia, las Mareas avanzan como reproducción endógena y no-mimética de procesos y ensayos de Unidad Popular, como Barcelona en Comú, de la activista Ada Colau, o Ahora Madrid. A riesgo de ser percibidos ininteligibles y algo caóticos entre parte del electorado, estos movimientos han generado altas expectativas de cara al 24 de mayo.

Los une el deseo de recuperar unas instituciones secuestradas por clanes mafiosos, encorsetadas en el ciclo endiablado de la deuda, y con un techo de gasto que no permite desarrollar políticas activas de rescate ciudadano desde lo local. También la necesidad de articular un espacio político de ruptura con el sistema cleptocrático y desocializador. Las Mareas llegan para aglutinar distintas sensibilidades políticas en torno a un proyecto democratizador que habrá que reactivar con los ojos puestos en criterios de gobernanza para el siglo XXI: desarrollo sostenible, urbanismo racional, descentralización, bien común, transparencia y participación, etc..

Destacan especialmente dos: Marea Atlántica en A Coruña y Compostela Aberta en Santiago. Sin restar importancia al resto de los procesos que han emergido en hasta 60 municipios gallegos. Fórmulas de participación desde abajo y apoyadas por Podemos, Anova, Esquerda Unida, Equo y otras organizaciones más pequeñas.

Estas fuerzas políticas aspiran a unir a la izquierda gallega, dotándola de un nuevo impulso que sepa ir más allá de Alternativa Galega de Esquerda y de los rescoldos de carácter implosivo del BNG que apostó por permanecer al margen, aun siendo una fuerza importante. No ha sabido leer el momentum marcado por la emergencia social, y actúa como un transatlántico al que le cuesta virar para acompasar y mantener la ilusión que otrora generó. Su fuerte y disciplinada organización -extendida por todo el territorio durante más de 30 años- le permitirá resistir, aunque con dificultades en las capitales, a excepción de Pontevedra.

Es paradójico que algunos de sus cuadros más formados tengan ahora un papel destacado en el experimento, empezando por Martiño Noriega, co-portavoz de Anova junto al histórico Xosé Manuel Beiras, alcalde de Teo y firme candidato a liderar el consistorio compostelano tras una situación esperpéntica con tres alcaldes en una legislatura y diez de trece concejales del PP imputados.

Como regidor del pequeño municipio de Teo -limítrofe al de Santiago-, Noriega atesora experiencia de gestión, ya que implementó políticas participativas, des-privatizadoras y se mantuvo explícita y activamente ajeno a la corrupción que inundó los gobiernos locales, concellos y diputaciones.



Esta aldea gala sirvió de reserva cultural durante estos años en donde el sector fue dejado de lado por parte de unas autoridades más ocupadas en tapar sus vergüenzas que en servir al pueblo. El escenario compostelano resulta propicio para exponer y aplicar su alternativa de cambio al haber vivido la ciudad estos últimos años bajo excepcionalidad institucional, mordaza cultural y agotamiento del proyecto estratégico de la neo-derecha post-fraguiana, alternancia tardía después de décadas de dominio socialista. Hoy el proyecto del PSdeG en la capital no cuenta tampoco con un liderazgo capaz de generar grandes adhesiones y simpatías como las que gozó en otros tiempos, especialmente de la mano del histórico Xerardo Estévez.

En contraposición, la candidatura de Martiño Noriega -más allá de su experiencia, juventud y transversalidad- goza de cierto halo epopéyico, ya que fue en Cacheiras (Teo) donde los falangistas asesinaron al último alcalde galleguista y republicano, Ánxel Casal [3]. Como ya sucedió en 1931, las elecciones municipales de mayo podrían tener un marcado carácter epocal si triunfan en suficientes municipios de todo el estado las alternativas de unidad popular y anti-troika, anticipando a unas elecciones generales que bien podrían tener aire pre-constituyente si el bipartidismo fracasa.

Por otra parte, la candidatura coruñesa, con distinta formulación desde su génesis, está liderada por Xulio Ferreiro, quien ha renunciado a su puesto de magistrado suplente en la Audiencia Provincial de Lugo para ayudar a dar portazo a varias décadas de dominio local por una misma oligarquía representada por el pacovazquismo[4] y el Partido Popular en la última legislatura. Código ético estricto, lucha contra la corrupción, política social y descentralización del poder local como ejes principales de un discurso compartido que resitúe a las instituciones en parámetros de servicio y base popular.

Así pues, Galicia, vive momentos de efervescencia, y tiene argumentos de sobra para no quedar al margen de los tiempos a los que nos empuja la historia. Muchas veces, desde Madrid, los medios no reflejan lo que ocurre en el laboratorio gallego, que ya fue pionero en las Elecciones Autonómicas de 2012 al poner sobre la mesa la necesidad de acuerdos amplios entre diferentes fuerzas políticas para combatir desde las instituciones la trampa austeritarista, dando voz a los movimientos sociales y a una sociedad civil deshauciada y despojada de sus naturales atribuciones como contrapeso a los excesos de un poder hoy sordo, ciego y más envalentonado que nunca.

[1] “La Marea Atlántica llega a la costa”, Virginia Uzal

[2]“La rebelión municipalista se abre paso”, Gerardo Pisarello.

[3] Agosto do 36, Xosé Fernández Ferreiro. Novela que recrea, con especial crudeza, la tormenta de sangre de la Guerra civil española en Galicia en una aldea de Ourense.

[4] Hace referencia a la larga singladura política de Francisco Vázquez, ex regidor de A Coruña por el PSOE, y ex Embajador de España ante la Santa Sede.

4 de mayo de 2015

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red (@4PoderenRed)

Esta entrega pone fin a una serie de post que analizan la cobertura informativa de Podemos

El 28 de enero de 2015 todos los grandes periódicos en papel exhibían en (falsa) portada un fajín del Banco Santander al lado de la mancheta. Era una demostración de fuerza y la respuesta anticipada a la “Marcha por el Cambio” que Podemos convocaría tres días después: una movilización que celebraba el triunfo de Syriza en Grecia como anticipo de una hipotética victoria de Podemos en España.

Los periódicos “de referencia” se han convertido en medios publicitarios: están en quiebra y en manos de accionistas bancarios, que son sus principales clientes publicitarios. Junto con los entes públicos de radiotelevisión (que obtienen sus peores audiencias y sufren un control político sin precedentes) actúan como instituciones zombi, que diría Ulrich Beck. Aunque en vías de extinción, pueden resultar letales.

Gráfico 1 y 2. La situación de la prensa de papel en España:



Fuente: Noticias de la Comunicación / Reality News, Mongolia, febrero de 2014

Después de ignorar a Podemos en sus orígenes, estos medios pronto pasaron a verter sobre sus líderes medias verdades, tergiversaciones, imputaciones y comparaciones con cargos públicos procesados por corrupción y fraudes de gran calado. Todo ello desembocó en peticiones de dimisión de quienes no eran candidatos oficiales de lista alguna. Por su parte, la televisión comercial en abierto, reproduciendo una agenda fabricada desde instancias gubernamentales, aprendió que obtenía iguales réditos si desinflaba la burbuja mediática que antes había ayudado a hinchar.

Podemos llegó a Bruselas sin haber comparecido como formación política en las televisiones “públicas”, con el sesgo de una fuerte personalización y gracias a las tertulias de las televisiones privadas. En menos de un año, el control de la propiedad de los medios masivos, dibuja un modelo elistista del poder: se evidencia así una estricta campaña de fiscalización y crítica a Podemos que no se aplica al resto de partidos.

Los medios privados han pasado de “hacer negocio” con Podemos -aprovechando su tirón de audiencias- a aplicarles una vara de medir que subvierte las reglas más básicas de la profesión y la deontología periodísticas. Llama la atención, por ejemplo, el contraste actual en la cobertura mediática que tiene este partido frente a Ciudadanos. Mientras Podemos es presentado como un peligro para la estabilidad del país, Ciudadanos es la cara “amable” de un cambio “responsable”.

Como caso paradigmático, en febrero de 2014 coincidieron en el tiempo dos “escándalos” provocados por sendas filtraciones. El primero atañe a Juan Carlos Monedero, uno de los principales ideólogos de Podemos, que en ese momento encabezaba las encuestas en intención directa de voto. El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, filtró a la prensa un presunto fraude fiscal de Monedero, por un dinero que provenía de unos informes elaborados por el profesor universitario para los países latinoamericanos del ALBA. El ministro dejaba, además, entrever futuros escándalos de otros líderes de la formación.

Esta filtración, que era parte de una estrategia electoral del Gobierno, recibió mucha más cobertura que los escándalos financieros de dinero negro que afectaban a algunas de las principales fortunas de toda Europa y, en especial, de España. De forma simultánea al caso Monedero, el hacker Hervé Falciani, en colaboración con el International Consortium of Investigative Journalism, había desvelado el nombre de cientos de españoles con cuentas opacas en Suiza, destinadas a la evasión fiscal.

Sin embargo, ninguno de los implicados (entre los que había banqueros -entre ellos la familia propietaria del Banco Santander-, empresarios, cargos públicos y hasta celebridades del deporte) recibió grandes críticas ni se vio forzados a responder, al contrario de lo que había sucedido con Monedero. Aunque tarde, el profesor universitario presentó todas sus facturas y aclaró su situación fiscal y, junto a ello, Podemos inauguró un portal de transparencia donde se detallan las cuentas del partido.

Este caso de estudio es representativo de la “desigualdad acumulativa” generada por los medios convencionales y su labor de minado de la comunicación política que les cuestiona. Como ya se relataba en el primer post de esta serie, frente a las continuas peticiones de dimisión de alguien que no ocupaba ningún cargo público como Monedero, apenas hubo críticas al titular de Hacienda, quien podría haber incurrido en delito por desvelar datos fiscales. Sólo el periodista Federico Jiménez Losantos, identificado con la derecha más radical, salió a denunciar a Montoro.


El resto de medios y periodistas se mantuvieron en silencio. De otra forma, Montoro podría haber comenzado a supervisar las cuentas de los medios en cuestión lo que, tal vez, habría supuesto el cierre de la mayoría. El discurso importa, pero también quien lo paga o subvenciona.

17 de abril de 2015

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red (@4PoderenRed)
Esta es la tercera entrega de una serie sobre la cobertura informativa de Podemos.
Lo muy innovador no triunfa: no se entiende, desconcierta o asusta a las mayorías. El éxito reside en una estrategia híbrida, que combina los medios según sus audiencias (número de inviduos atentos o sintonizados) y su relación con los públicos (pasivos en los tradicionales y activos en los digitales). La remezcla de lo existente y lo novedoso parece ser la fórmula adecuada.
Podemos tiene algo de berlusconismo: liderazgos y canales televisivos propios, aunque su escala no sea comparable. Los programas de TV digital de Podemos – en plataformas o cadenas ajenas – señalan una situación más débil que la llamada “TDT party” (confluencia de Tea Party y televisiones digitales en abierto) y en manos de la (ultra)derecha. Estos canales fueron los primeros que se abrieron a P. Iglesias. Y coinciden con Podemos en que el proyecto político se fragua, primero, como comunicativo. Esto es, el medio antecede al partido. Podemos buscaba en estas televisiones visibilidad: audiencias masivas, movilizables  hacia el voto (si son afines) o a la abstención (si son contrarias). No quería construir un “media party”, que es como se catalogaba a Forza Italia. Este modelo presupone un control mucho mayor de la televisión en abierto y masiva.
Podemos también hegemonizó la Red, sumando y canalizando la actividad de los internautas. Otro condottiere mediático, esta vez digital, Beppe Grillo ha sido tambien invocado como referente de Podemos. Les diferencia la personalización, el centralismo y el autoritaritarismo del cómico italiano en su organización(1). La tecnopolítica digital también ligaría Podemos y el Partido X, máximo exponente de un partido en red: sin nombres ni caras públicas, llevó las lógicas del entorno digital a sus últimas consecuencias. Comparte con Podemos la premisa de que la arquitectura comunicativa precede a (y así determina) la estructura organizativa. La concentración y flujos de información, las ventanas de transparencia y participación determinan el reparto del poder. Esto en el Partido X era un axioma, que postulaba el ámbito digital como prioritario para el activismo y la movilización electoral.
Podemos ha cooptado miembros e iniciativas de este “partido en red” pionero, que ya no se presentará a más elecciones, tras no conseguir escaños en el Parlamento Europeo. Y Podemos, en lugar de absolutizar la Red como plataforma única o prioritaria, la subordina a la construcción de un partido más convencional, que antepone la movilización en las calles o hacia las urnas. Esto último, el “asalto electoral” a las instituciones, les diferencia del quincemayismo menos politizado.
Pero las novedades de Podemos como partido provienen del 15M o la tecnopolítica. Del primero toma la transversalidad, el asamblearismo, los mecanismos de revocación y transparencia, el autofinanciamiento con micromecenazgos… nada de ello posible sin Internet. Y, como ya apuntamos, Podemos usa las redes sociales no sólo como medio de comunicación, sino también de organización. Votaciones masivas con dispositivos digitales han decidido la estructura, los candidatos y los programas. Y se han combinado con asambleas multitudinarias, locales o sectoriales, que también se apoyan en herramientas digitales para alcanzar consensos. Podemos destaca como el mayor usuario de Reddit, Loomio o Appgree.
El nuevo partido entendió la televisión como plataforma en la que las elites se proyectan según sus disposiciones e intereses. Aquí se trataba de introducir “el sentido común” y articularlo políticamente, para alterar la correlación de fuerzas. Algo que las elites constataron con los primeros resultados electorales. Podemos utilizó la Red para promover la conversación social y rentabilizar la autonomía de su público afín. Éstos constituyeron comunidades de afinidad (a veces anteriores a los grupos de militancia presencial o Círculos), viralizaron y remezclaron los programas de Podemos.
La secuencia ha sido, por tanto, primero asegurarse una producción propia (académica y televisiva), que acabaría adoptando el formato de tertulia. Difundirla, al mismo tiempo, en canales ciudadanos: al inicio, una televisión local (Tele K, decana de la televisión comunitaria madrileña desde 1992, amenazada por la Comunidad de Madrid) y, luego, las redes sociales. Así Pablo Iglesias logró captar la atención de algunas televisiones digitales extranjeras, a las que su equipo de producción entregaba el programa cerrado. Luego le invitaron a las tertulias de las teles digitales de la derecha y, finalmente, de dos cadenas generalistas en abierto (Cuatro y La Sexta). La televisión (hegemónica en la dieta mediática, incluso de los internautas) y las tertulias (el formato de “información” política por excelencia)  daba visibilidad. Pero fue la Red la que permitió el trasvase hacia las grandes televisiones. Y las redes sociales cooperaron simbióticamente con las cadenas privadas, aumentando su difusión, viralizando los programas o los fragmentos más intensos de las tertulias. Sin embargo, la estrategia de colaboración parece haber llegado a su fin.
(1)Treré, E. y Barassi, V. (en imprenta). “Net-Authoritarianism? How Web Ideologies reinforce Political Hierarchies in the Italian ‘5 Star Movement’”, Italian Journal of Cinema and Media Studies, vol 3:3.
Este texto remezcla y simplifica el artículo de Víctor Sampedro que aparecerá en el próximo número de la revista Teknokultura
Con ésta ya son 100 las entradas publicadas en el blog de El 4º Poder en Red, desde su inicio en febrero de 2014. Hemos escrito y publicado en pie de igualdad, sin distingos académicos ni laborales. Sin fronteras disciplinares ni retribución económica y, por tanto, sin filtro previo. En un espacio que, liberado de licencias privativas, ofrecemos como espacio comunal y mancomunado. Un remedo, apenas un esbozo de la esfera pública que ansiamos. El orgullo de mantenerla activa se justifica por haber sido capaces de convocarles a todos ustedes a habitar este lugar. Pasen y escriban, comenten, viralicen, redifundan y remezclen. Suyo es, y nuestro no.

9 de abril de 2015

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red
Esta es la segunda entrega de una serie sobre la cobertura informativa de Podemos.

La fuerza política revelación de 2014, Podemos, ha pasado en menos de un año del apagón a la sobre-exposición mediática. De la inexistencia pública al acoso simbólico. Los más pesimistas y amedrentados vaticinaban: “la casta va a morir matando”. Algunas de sus armas son la prensa de papel, en manos de los acreedores bancarios, y los “entes” radiotelevisivos, controlados por las administraciones públicas. Ambos sectores mediáticos transitaron del silencio ominoso al ruido constante sobre el nuevo partido. Las televisiones privadas, por su parte, después de haberse lucrado con “la burbuja mediática de Podemos”, mantienen audiencias altas, si se dedican a desinflarla.

Todo empezó en Somosaguas

El éxito mediático de Podemos parte de las teorías de la hegemonía ideológica que estudiaron sus líderes[1]. Su estrategia se asienta en la combinación secuencial de producción audiovisual propia, del uso intensivo de redes digitales y de una utilización estratégica de los medios tradicionales. Si bien, las limitaciones a las que se han ido enfrentando dan buena cuenta de la importancia que sigue teniendo la economía política de los medios convencionales, aún mayoritarios, y todavía decisivos para disputar esa ansiada hegemonía.

El germen de Podemos fue la asociación estudiantil “Contrapoder”, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, en el campus de Somosaguas. Asociación a la que, tiempo después, se sumó un nuevo actor universitario, nacido de la alianza de profesores e investigadores críticos de dicha Facultad, que fundaron “La Promotora”.

Bajo el amparo de esa red, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, celebró en mayo de 2010 el seminario 99 Seconds, one step beyond. Transición, calidad democrática e impunidad: nuevas perspectivas generacionales. El título ya ilustraba entonces la carga simbólica generacional que encarnaría posteriormente Podemos. Ya en ese momento están presentes los ingredientes básicos de lo que será después su discurso: impugnación de la Transición, cuestionamiento de la calidad democrática del régimen al que dio lugar, y necesidad de purgar las responsabilidades.

Esta experimentación con formatos televisivos y con cierto toque de cultura popular, potenciada con estrategias de difusión en las redes digitales, llevaron a que cuatro años después (el 25 mayo de 2014) Podemos lograra cinco eurodiputados y 1.245.948 votos en la primera elección a la que se presentó.

Unos constructivistas heterodoxos

El perfil comunicativo de Podemos responde al enfoque constructivista que, con ciertos toques posmodernos, comparten sus líderes, todos ellos politólogos de la citada Facultad. Su trayectoria responde a lo que Pierre Bourdieu llamaría la transformación de capital cultural o intelectual (el único con el que en verdad contaban) en capital simbólico (mediático) y, de ahí, en político (puestos de representación pública).

No son posmodernos, relativistas ni cínicos. Tampoco políticos profesionales. Su objetivo no es solo electoral. No buscan sumar siglas partidarias ni de movimientos sociales, sino rearticular los actores políticos existentes, dotándolos de nuevas narrativas. Quieren pelear el significado de los significantes clave, los términos fetiche del sistema político: “democracia”, “pueblo”, “izquierda-centro-derecha”. Intentan, por tanto, emplear los medios de comunicación para, en palabras de Íñigo Errejón, “articular distintos grupos sociales, en una dirección nueva y universal que trascienda sus particularidades”.

El éxito electoral y demoscópico de Podemos respondió a su habilidad para esa resignificación del voto, desvinculándolo del eje izquierda-derecha. Porque, según sus análisis, este marco discursivo afianza el bipartidismo de facto en España (PP-PSOE), que el nuevo partido vino a impugnar.

“Consenso conflictivo” e identidades en disputa

No menos relevante ha sido cómo Podemos canalizó electoralmente “la indignación”. Las encuestas muestran, desde hace años, un “consenso de conflicto o conflictivo”. Se trata de un clima social mayoritario, de simpatía y adhesión a las demandas del 15M que pone encima de la mesa el conflicto, para graduarlo y gestionarlo de forma abierta y participada. Es un consenso, por tanto, contrario (incluso antagónico) al de la Transición (basado en acuerdos entre elites, a puerta cerrada y con vetos). Su implantación es tan mayoritaria y trasversal en la sociedad como las adhesiones que Podemos convocó en el cuerpo electoral.

Podemos concibe la comunicación política transformadora como el intento de modificar los discursos que las mayorías sociales reciben y generan. Lo que escuchan y se cuentan, ven y difunden, leen y escriben sobre sí mismas. Las narrativas importan porque definen (en realidad, construyen) esa mayoría social y lo que le mueve a votar o protestar. Para que se pongan en movimiento importa, sobre todo, determinar contra quién han de hacerlo y en nombre de quién.

Los líderes más televisivos de Podemos dieron nombre al “enemigo”, imprescindible para activar las identidades políticas. Señalaron “la casta” como el objetivo a desalojar de las instituciones. Presentaron al “pueblo”, como víctima del ajuste económico y de “la corrupción” del “Régimen del 78”. A fin de cuentas, el ambiguo e indefinido proyecto electoral del partido se limita a dos objetivos: 1) sustituir las políticas regresivas de ajuste económico por otras expansivas, garantes de bienestar social y crecimiento sostenibles; 2) abrir “el cerrojo” de la reforma constitucional, tras purgar la corrupción.

La efectividad mediática de Podemos resulta tan innegable (hasta el momento) como incierto el futuro. Su irrupción en el Parlamento Europeo dejó en situación de interinidad al principal partido de la oposición y a la Jefatura del Estado. El antiguo líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba y el Rey Juan Carlos I tuvieron que dar un paso forzoso (muy forzado) a sus reemplazos.

En el arranque de 2015, aquel partido friqui era ya una amenaza. El resto de los partidos ya no parodiaban, sino incorporaban, su discurso mientras que, al mismo tiempo, intentaban revertirlo en su contra.

Releyendo a Gramsci: España 2015

Toda hegemonía, sostiene Gramsci (y suscriben, sin duda, los ideólogos de Podemos), será siempre contingente. Por ello, la estrategia mediática será también variable. Quién articula y capitaliza “una voluntad colectiva nacional y popular” (el objetivo gramsciano de toda disputa hegemónica) depende de la correlación de fuerzas y, no menos importante, de las narrativas que emplee.

Según el post-estructuralismo que suscriben los politólogos de Podemos, el discurso crea los actores políticos (y no al contrario), al presentarlos como protagonistas de un discurso que acaba determinando la forma de percibir y defender sus intereses. Nada está predeterminado. Ni siquiera por el control de los medios de producción o comunicación.

Sin embargo, tras el arranque del ciclo electoral (que concluirá con las próximas Elecciones Generales, a finales de 2015) el tablero político-comunicativo muestra una capacidad de resistencia considerable. No debiera menospreciarse la sacudida y obligada mutación que imprimió Podemos en el resto de partidos. Su éxito ha sido considerable en términos discursivos, pero la visibilidad alcanzada ha mutado, en poco tiempo, de favorable a hostil.

En lugar de hegemonía, Podemos quizás haya generado contra-hegemonía: oposición manifiesta. Desbordó los límites del discurso legitimado, sí, pero esto no parece suficiente para desplazar -al menos todavía- a sus portavoces.

[1] Es especialmente significativo al respecto, la tesis doctoral de Ínigo Errejón, secretario político del partido, sobre el proceso de hegemonización del MAS en Bolivia. Puede descargarse en: http://eprints.ucm.es/14574/1/T33089.pdf

Este texto remezcla y simplifica el artículo de Víctor Sampedro que aparecerá en el próximo número de la revista Teknokultura.

2 de abril de 2015

Comunidad editorial de El 4º Poder en Red

*Esta es la primera entrega de una serie que publicaremos sobre la cobertura informativa de Podemos. Nos basamos en las Sesiones del Curso sobre Esfera Pública Digital del Máster CCCD.

Ha pasado un año desde la irrupción de Podemos. Un año en el que, de nuevo, se demostró que la esfera pública española es un campo de batalla donde impera la ley del más fuerte: un darwinismo mediático marcado por las alianzas partidarias y económicas de los medios de comunicación convencionales.

Podemos fue clave al introducir en los medios el discurso quincemayista, crítico con la Transición y con el Régimen del 78. Sin embargo, ese discurso corre el riesgo de ser fagocitado por Ciudadanos, partido más afín a las élites que Podemos pretende combatir. La lógica mercantilista y las alianza partidarias señalan una secuencia marcada por: la guerra de audiencias, el cierre discursivo y la guerra sucia.

Primera fase: la audiencia lo es todo

Podemos da audiencia. Pablo Iglesias aumenta el número de espectadores de los programa televisivos en los que aparece gracias a: su particular lenguaje, que mezcla lo emocional y lo estético; su temple, al hacer frente a tertulianos vociferantes y acostumbrados a la marrullería; y al incipiente “discurso del sentido común”, que más tarde se convertirá en el principal eslogan de su formación. Características que conectan, casi instantáneamente, con el imaginario del público.

Sin saberlo, en su afán por ganar audiencia, los medios permiten que el latente “No nos representan” derrumbe su muro mediático. Antes, dicho discurso había pasado tres años a fuego lento en los medios alternativos, calando poco a poco en la opinión pública.

Fue desde principios de 2014 cuando Iglesias logra introducir un discurso que recoge, ente otras, las principales demandas de la PAH y de las distintas mareas, así como las voces más críticas con el capitalismo… Las lanza, ni más ni menos, que en prime time. La falta de carisma y aparente desconexión con la realidad de los principales líderes políticos (Rajoy en el PP, Rubalcaba en el PSOE, Cayo Lara en IU) hacen el resto: le ofrecieron en bandeja la rampa de lanzamiento para un mensaje que se llevaba perfeccionando cinco años.




Justo cinco años antes de las Elecciones Europeas de 2014, Pablo Iglesias presentó el primer programa de 99 segundos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Un espacio de debate creado por alumnos y docentes de la propia universidad. Poco tiempo después comenzó a emitirse La Tuerka en la televisión local de Vallecas, TeleK. Después, Iglesias da el salto a la TDT, donde sorprende a tertulianos de extrema derecha, a quienes utiliza de sparring mediáticos. Se entrena con ellos, pule su estilo y entra en los platós de las grandes televisiones.



El último paso de esta etapa se da en los platós de Cuatro y La Sexta. Desde ahí, la figura mediática de Pablo Iglesias se transforma en Podemos. Logrará más de un millón de votos y envía cinco diputados al Parlamento Europeo.

Segunda Fase: el cierre discursivo

Los resultados de las Elecciones Europeas son el primer toque de atención. Por primera vez en 30 años, los votos de PP y PSOE sumados no superan el 50%. Hasta aquel momento, las élites y los medios del bipartidismo se habían limitado a ignorar a Podemos. A partir de entonces, empezarán a considerarlo una amenaza.

Las encuestas demoscópicas de septiembre de 2014 comienzan a mostrar que la formación liderada por Iglesias no había sido una simple receptora del voto de protesta en unas elecciones menores. Podemos se consolida como opción política, y los poderes políticos empiezan a darse cuenta de que el espacio discursivo de Podemos debe cerrarse. Mensaje que pronto encuentra correlación en los medios convencionales, que actúan en consecuencia.

La reprimenda llega incluso a darse en antena. Esperanza Aguirre, líder del Partido Popular en la Comunidad de Madrid, cuestionó en directo el tratamiento informativo que un medio de comunicación privado había dado a las elecciones griegas, así como la relación establecida entre Syriza y Podemos. Aguirre calificó de “propaganda” dicha cobertura y terminó increpando a la presentadora.



Los medios captaron el mensaje. La estrategia es clara: generar la mayor visibilidad posible del partido (aprovechando su tirón de audiencia), pero con un sesgo mediático negativo. El grifo de la transmisión de ideas se cierra y los miembros de Podemos ya solo aparecerán para defenderse de ataques y descréditos. La formación de Iglesias tiene parte de responsabilidad en este giro. Si responde a las preguntas de los periodistas sobre las líneas básicas de su programa diciendo que esto será consultado a los expertos y a los seguidores, solo cabe centrarse en lo líderes. Serán objetivos a batir.

Portada de ABC del 10 de febrero de 2015:
Portada de La Razón del 27 enero de 2015:


Tercera fase: comienza la guerra sucia

La última etapa comienza con la campaña contra Juan Carlos Monedero. Dicha estrategia cumple con éxito sus objetivos: derribar al número tres de la formación, implantar el mensaje de que nadie está limpio de corrupción y frenar el impacto electoral de Podemos. Era el bloqueo al potente inicio de campaña electoral que había protagonizado tras la multitudinaria convocatoria de la Marcha por el Cambio.

La portada de ABC (10/02/2015) fue significativa de las prioridades informativas imperantes. Era el día después de la eclosión del escándalo de la lista Falciani. El periódico utilizó su portada para, en vez de dar cuenta de ello, atacar la imagen de las universidades españolas. ¿Tendría algo que ver la presencia del apellido Luca de Tena –fundador e histórico editor de ABC– en la lista?

Surge la paradoja. Mientras medios de todo el mundo tratan las lista Falcini, los principales medios españoles hacen caso omiso y dedican un amplio despliegue a Monedero, profesor universitario, y sin ningún puesto de responsabilidad política. En contraposición, nadie dedica atención a cómo un banco internacional ha orquestado una operación masiva para que las principales fortunas del país rebajen al mínimo su carga impositiva, Una vez más, la esfera pública española vuelve a traicionar el derecho a la información de los ciudadanos.

Portada El Mundo 10 de febrero 2015:


Portada El País 10 febrero 2015:
Para El País, los vagos recuerdos de Claus Offe, un académico de ochenta años que reconoce tener “mala memoria”, son utilizados para acusar en portada a Juan Carlos Monedero de haber falsificado su currículum. Una decisión periodísticamente inaceptable que lleva, días después, a la Defensora del Lector del propio diario a reprender al director adjunto del periódico y a pedir disculpas a los propios lectores.

A la maniobra contra Podemos se suman incluso las instituciones del Estado. Cristobal Montoro, ministro de Hacienda, utiliza el fisco español para amedrentar a Iglesias, Monedero y al resto de miembros del partido. Estrategia que es definida, incluso por Federico Jiménez Losantos, como una “vulneración de sus derechos” contraria al marco legal sobre protección de datos fiscales vigente en España.



Sin embargo, la campaña consigue sus objetivos. Se descubre que Hacienda llamó uno a uno a los españoles de la lista Falciani para que se pusieran al día con sus obligaciones fiscales. Pero Monedero tuvo que presentar una declaración complementaria, dar una rueda de prensa con las facturas de su trabajo y apartarse, finalmente, de la primera línea del partido.

La estrategia político-mediática se había cumplido. Refuerza lo existente y frena lo emergente.

Continuará…